Mercado persa

Ufano y en apariencia tranquilo, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, convocó la semana pasada a los escasos periodistas extranjeros que quedamos en Irán para hacer balance en el ecuador de su segunda legislatura. Asido a su proverbial optimismo, el mandatario empleó los primeros cinco minutos en desgranar una serie de cifras que envolvieron en una aura de éxito su controvertida política de reforma económica, criticada sin embargo por todo el arco de la ecléctica oposición. Según el mandatario, sus medidas lograrán este año crear más de dos millones y medio de puestos de trabajo, han mantenido la inflación estable a pesar del alza de los precios por el fin de los subsidios, y han espoleado la industria, pese al espectacular incremento de gastos como la electricidad y la gasolina. Un prodigio de gestión para un proyecto con el que dice que pretende colocar a Irán a la cabeza de los países del mundo, sanciones internacionales aparte.

Las cifras y el esplendoroso panorama recreado por Ahmadineyad colisiona con la opinión de analistas independientes, tanto iraníes como extranjeros, y con la realidad en la calle, donde se percibe un evidente deterioro del poder adquisitivo de la población. Artículos como el pan han duplicado sus precio en los últimos meses y el de la gasolina se ha multiplicado por siete desde que el pasado noviembre entrara en vigor el contestado plan para la supresión de los tradicionales subsidios, sin que los salarios hayan subido en la misma proporción. Diversas empresas se han visto obligadas a interrumpir su actividad y numerosas tiendas a cerrar sus puertas en diferentes centros comerciales de la capital, incapaces de hacer frente a la subida de los gastos comunitarios. Igualmente ocurre en muchos edificios, donde los vecinos se niegan a pagar los recibos de la luz y el gas. “Numerosas piscinas quedarán vacías este año debido al alto coste de mantenerlas”, explica una conocida agente inmobiliaria que por cuestiones de seguridad declina ser identificada.

Ante la escasez de cifras económicas oficiales, resulta complicado hacer un análisis preciso de la situación del país. Los expertos admiten que la reforma ha logrado aspectos positivos, como un consumo más racional en un pueblo acostumbrado al despilfarro. Los subsidios fueron implantados tras la revolución de 1979, una vez que el inspirador y fundador de la República Islámica, ayatolá Rujolá Jomeini, declaró que las riquezas nacionales pertenecían al pueblo. Aunque otros responsables ya habían advertido años atrás que este sistema subsidiado era insostenible, es cierto que ninguno se atrevió a acometer una transformación tan impopular. Solo Ahmadineyad ha asumido un riesgo que se antojaba necesario. “El problema es que no se dan las condiciones necesarias ni tiene el equipo para ello”, explica un profesor iraní que tampoco desea ser identificado. Las sanciones internacionales, aunque no han desabastecido los mercados, sí han encarecido sus estanterías. El régimen debe gastar más dinero para mantener el clima de normalidad, y a los empresarios la importación de productos les resulta cada vez más compleja y onerosa. “El dinero no fluye, está estancado. Muchos han parado porque no pueden o porque esperan tiempos mejores”, explica con preocupación un tratante de alfombras en el Gran Bazar de Teherán. Además, la industria petrolera, verdadero sustento del régimen, atraviesa por una difícil coyuntura. Aunque el precio del crudo se ha disparado con la crisis mundial, lo obsoleto de muchas de las infraestructuras petroleras y gasísticas iraníes hace que el proceso de extracción perjudique la rentabilidad, al tiempo que el desarrollo y la financiación de nuevos proyectos afronta obstáculos, explica un alto ejecutivo de una compañía asiática. Las grandes multinacionales del sector han plegado velas debido a la presión estadounidense, y dejado el campo libre para empresas de China, la India y el sudeste asiático.

Algunas decisiones adoptadas en los últimos meses parecen sostener este análisis. La inflación, que el Gobierno sitúa en torno al 14 por ciento, ha comenzado a afectar al rial, que el Ejecutivo trata con mucho esfuerzo de mantener parejo al dólar. En estas circunstancias, el Banco Central iraní redujo en un diez por ciento, la semana pasada y sin previo aviso, la tasa de cambio con la divisa norteamericana. Una depreciación que ha acercado su valor al que los iraníes pagan por la compra de dólares, salvavidas de los inversores y ahorradores locales en tiempos de crisis. Analistas económicos han apuntado que con ello el Ejecutivo, intenta, igualmente, equilibrar un supuesto desajuste entre los ingresos y los gastos del Estado.

Junto a la ambiciosa reforma económica, Ahmadineyad ha emprendido, de la misma forma, una agenda de cambio político. Silenciada y reprimida tras los barrotes la oposición laica y reformista, el mandatario se ha enzarzado en un pulso con el Parlamento en busca de ampliar sus prerrogativas y escapar al control de la Cámara. La primera colisión se produjo a causa del citado plan de supresión de los subsidios, que Ahmadineyad ha sustituido por unas ayudas directas y en efectivo a la población que no han servido de momento para compensar el alza de los precios. Tras meses de tira y afloja, la Asamblea aprobó el programa, pero sólo una vez que intervino el líder supremo, ayatolá Alí Jameneí, que tiene la última palabra en todos los asuntos de Estado.

El Parlamento, liderado por Alí Lariyaní, antiguo jefe nuclear y hombre cercano a Jameneí, también ha puesto pegas a la iniciativa del presidente de fusionar varios ministerios y reducir así el número de carteras. En este terreno, Ahmadineyad ha sufrido una importante derrota: primero, ha sido obligado a renunciar al puesto de ministro interino de Petróleo, que se había auto adjudicado; después, el poderoso Consejo de Guardianes, segundo órgano de poder, ha calificado de ilegal su pretensión de unificar en una otras tres carteras.

En este enrarecido ambiente, las alarmas sobre la profundidad de la división que el régimen niega se dispararon el pasado 17 de abril, a causa de la supuesta dimisión del ministro de Inteligencia, Haydar Moslehí, quien al parecer mantiene una conflictiva relación con el jefe de la oficina presidencial y familia del mandatario, Rahim Esfandiar Mashaí. Apenas dos horas después de que su renuncia fuera anunciada por la prensa estatal, el propio Jameneí ordenó que el único clérigo que queda en el Ejecutivo fuera recolocado en su puesto.

Durante los siguientes nueve días, Ahmadineyad desapareció de la escena política y de la arena pública, que tanto le gusta cultivar. Evitó presidir dos consejos de ministros y no atendió a una serie de actos oficiales, en una actitud que la prensa local entendió como un boicot. Según la página web opositora Ayandé, la disputa se resolvió después de que el líder amenazara al presidente, información que ha sido negada por personas próximas al mandatario.

Analistas en la región coinciden en apuntar que el incidente ha minado las relaciones entre Ahmadineyad y el guía supremo, quien en 2009 apoyó sin fisuras su reelección pese a las protestas populares y las insistentes denuncias de fraude por parte de la oposición considerada reformista.

En el centro de la polémica se halla, igualmente, el citado Mashaí, a quien conservadores laicos y religiosos acusan de ser demasiado liberal y nacionalista. Algunos, incluso, han llegado a insinuar que personas cercanas a él han hechizado al presidente, que necesita ser exorcizado. Semanas atrás, la prensa estatal informó de la detención de varios hombres acusados de hechicería.

Pese a las críticas, los embates y la pérdida paulatina de popularidad, Ahmadineyad parece firme en su propósito de llevar a cabo la que considera mayor reforma de Irán. “El trabajo es inmenso, el objetivo es cambiar los hábitos, cambiar la forma en la que la población mira a la economía”, aseguró el mandatario durante la rueda de prensa. “Es un proceso irreversible. Hay enemigos, son pocos pero existe mucha animadversión. Hace tiempo que se debía haber hecho, pero tenían miedo a las consecuencias. Pensaban solo en votos”, agregó Ahmadineyad, que arremetió con dureza contra la gestión de sus predecesores. “Lo que siempre he dicho es que no apruebo las ideas de mis antecesores, y sus críticas no me afectan. Sigo mi camino, ya que cuento con el voto y la bendición del pueblo. No estoy de acuerdo con la forma en la que se ha gestionado la política de este país, y mis políticas suponen un giro de 180 grados”, apostilló.

A su vera, mantiene firme el apoyo rural y provincial, además del respaldo de los mandos medios de la Guardia Revolucinaria, bastión ideológico del régimen, que según la prensa opositora se lucran de su programa de privatizaciones, y de grupos Basij. Enfrente, sectores laicos conservadores, altos mandos del citado cuerpo de elite fundado por Jameneí y los clérigos de mayor jerarquía miran con suspicacia sus ambiciones, que en opinión de algunos amenazan los pilares del sistema teocrático. Varios miembros de la casta clerical, temerosos de perder sus prerrogativas, le han advertido públicamente de que no debe sobreestimar su poder. Otros le han recordado el destino del otro presidente laico, Abul Hasan Bani Sadr, a quien en 1980 Jomeini obligó a dimitir.

Ladino en los entresijos de la política, Ahmadineyad ha respondido a quienes le piden que se defienda con una frase enigmática: “el silencio genera unidad”. Sabe que en los próximos meses le esperan varias pruebas. En marzo del 2012, el país celebra elecciones al Parlamento, institución a la que ha combatido en los últimos meses, y que es uno de los cimientos en los que se asienta la República Islámica. Una cámara a su favor facilitaría su camino de reformas. Una combativa, como la actual, podría agitar aún más sus dos últimos años de mandato. “La clave está en la apuesta económica. Si la economía mejora, se allanará el resto de la senda”, concluye un diplomático europeo que tampoco quiere ser identificado. FIN

info@javier-martin.org
javiermartinr@gmail.com

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