Turquía, Arabia Saudí y la encrucijada siria

Aquellos que empezamos en el periodismo cuando los ordenadores eran aún un trebejo insólito, conservamos un arcaico archivo de viejas hojas de papel de periódico amarillento -proverbial y magnífico es que el guarda el maestro Tomás Alcoverro en su acogedora casa de Beirut. Cuando razones tan prosaicas como una capa de polvo que indigna a nuestras parejas, la falta de espacio o una mudanza no deseada nos compelen a revisarlo, el azar -o el destino- suelen depararnos gratas sorpresas. Revolviendo esta semana en el mío, hallé un largo análisis de Robert Fisk sobre el futuro de Oriente Medio, publicado por el suplemento del domingo de el diario español El País el 17 de octubre de 1999. Titulado “Los nuevos líderes árabes”, teorizaba sobre como las repúblicas árabes -Egipto, Siria, Libia, Irak- estaban abocadas a la sucesión dinástica, con el beneplácito cómplice de Occidente.

La atmósfera de la región en aquellos días finiseculares contribuía a sustentar la teoría, ahora fallida. En 1999, tres históricos reyes habían cruzado la laguna Estigia y cedido el cetro a sus vástagos. En Marruecos, Hasan II había dejado el trono atado a los pies de su primogénito, coronado como Mohamad VI. Otro tanto había ocurrido en Jordania, donde el pro occidental Husein había sido sucedido por su atildado hijo Abdula II y su moderna nuera Rania. Mientras que en la pequeña isla de Bahrein, Hamad Bin Isa al-Jalifa reemplazaba sin contratiempos a su fallecido padre, el emir Isa bin Salman al-Jalifa.

Sostenido en el axioma “el mundo árabe puede haber aceptado el mundo moderno (…) y la idea de paz en Oriente Próximo. Pero la familia es la que manda”, el aplaudido corresponsal británico aventuraba que otros cuatro retoños -casi todos de muy mala reputación- sustituirían a sus ancianos progenitores cuando estos fallecieran, pese a que habían crecido en sistemas republicanos, algunos con aparente ropaje de democracia. En Irak, sería Udai Husein; en Egipto, Alaa Mubarak; en Libia, Al-Saadi al-Gaddafi; y en Siria, Bachar al-Asad, escribía. “Pero la verdad -argumentaba Fisk- es que lo que queremos en Occidente es que esos países se gobiernen por sucesión. Al fin y al cabo ¿no fueron el Reino Unido y Francia los responsables de la creación de casi todas esas naciones? (…) Y les colocamos unos cuantos reyes. Apoyamos a Faruk en Egipto, a Idris en Libia, a Abdalá en Jordania y a Feisal en Irak. Y cuando los pueblos árabes se cansaron de sus reyes, les dimos generales para reemplazarlos. No es casualidad que el coronel Nasser, el general Sadam Husein, el general de las Fuerzas Aéreas Mubarak y el coronel Gaddafi haya llevado siempre uniformes idénticos -salvo por las águilas de gobierno en las gorras- a los del ejército británico. Y les estuvimos apoyando (…) Por supuesto, cuando nuestros hombres se rebelan, los bombardeamos. Cuando Nasser nacionalizó el canal de Suez, Francia y el Reino Unido se pusieron de acuerdo con Israel para librar una guerra con Egipto. Cuando Gaddafi decidió hacer estallar un avión de pasajeros, le bombardeamos (y le matamos a una hija adoptiva). Cuando Sadam invadió el país que no debía (Kuwait), también se le bombardeó. Pero después, perdonamos a nuestros presidentes”. Y Fisk concluía: “El único resultado que no queremos ver en el mundo árabe es, desde luego, una verdadera democracia. Lo último que desean Washington y Europa es una serie de estados árabes que se nieguen a obedecer nuestra política. Por eso preferimos en Oriente Próximo la estabilidad a la democracia, hombres capaces de controlar a su pueblo por encima de los derechos humanos y la libertad de expresión. Y estamos más que satisfechos de permitir que los hijos, los primos y hermanos de los reyes y presidentes sucedan a sus mayores: incluso les ayudamos a esa sucesión si es necesario…”.

Trece años después, solo uno de aquellos delfines ha alcanzado el poder. Udai fue asesinado a balazos, junto a su hermano menor Qusai, tras la orgía de sangre y venganza que se desató en Irak una vez que su padre fue derrocado en 2003 por las tropas anglo-estadounidenses. A Alaa Mubarak, sus sucios negocios y su vida disipada le apartaron pronto del camino de la presidencia. Su padre prefirió a su hijo menor, Gamal, en apariencia más culto y moderado. Sin embargo, ni el Ejército ni el pueblo le dieron nunca opción. El alzamiento popular de enero de este año ha llevado a toda la familia a la cárcel. En Libia, es Saif al-Islam, otro de los nueve hijos de Gaddafi, quien parece haber asumido las riendas junto a su rebelde padre para hacer frente a la equivocada y costosa -en tiempo de crisis- guerra emprendida por EEUU y la OTAN. Solo Bachar al-Asad mantiene a duras penas el poder en Siria, zarandeado por la misma oleada de frustración popular que ha acabado con los sueños dinásticos de los Mubarak en Egipto y ha diseñado un nuevo tablero político en Oriente Medio.

En esta atmósfera de cambio histórico en la zona, el discurso pronunciado este lunes por el presidente sirio suena a canto del cisne de un régimen exhausto, víctima de sus errores, sus egos incontrolados y sus rencillas familiares. Cuando hace dos meses la mecha de las protestas populares en Egipto y Túnez prendió ligeramente en Damasco, pocos se aventuraron a pronosticar la caída de sistema que parecía sólido. Asido a una coherente política externa, cimentada en un nacionalismo orgulloso y beligerante, y un férreo sistema de seguridad, el mandatario había conseguido en los últimos años trocar ciertos resortes del envenenado régimen que heredó de su padre, y recluir en un rincón a algunos de los anquilosados y avariciosos dinosaurios que rodearon al viejo León de Damasco, reticentes a desprenderse de un entramado del que se lucraban desde hacía años. Las reformas económicas -aunque débiles y lentas- habían introducido un pequeño halo de esperanza en el país y comenzado a dibujar los pilares que harían olvidar treinta años de crudo socialismo. La principal crítica al mandatario era la lentitud y lasitud de las transformaciones y su falta de valentía para suprimir abusos, vicios y personajes y lazos del pasado.

Esas eran también las reivindicaciones principales de aquellos que salieron a las calles de la capital a mediados de marzo; valentía, velocidad y determinación en el proceso de reforma. Nerviosa quizá por lo sucedido en Egipto, la familia Al-Asad/Makhloufs cometió entonces el primero de una larga sucesión de errores en cadena que le han colocado al borde de la sima. La extrema violencia empleada en la represión despertó en la población los fantasmas del pasado, aventó sus miedos, espoleó su determinación y cohesionó las distintas ambiciones de la oposición. Las historias de mujeres niños torturados, los asesinatos a sangre fría subidos a la red, terminaron por alejar al pueblo del presidente, quien se quedó solo, rodeado únicamente por una familia ambiciosa y despiadada, y protegido (o ¿sometido?) por la Guardia Revolucionaria, cuerpo de elite en manos de su cruel hermano Maher al-Asad, señalado como el ejecutor de la brutal represión.

A Maher los expertos también le atribuyen la responsabilidad del segundo error grave del régimen, que con su decisión de arrasar la aldea fronteriza de Jisr al-Shughour le hizo perder el único aliado fiable frente a Occidente que le restaba en la región: Turquía.

Los lazos entre ambos países, históricamente complejos, habían dado un vuelco espectacular en el arranque del siglo XXI, coincidiendo con la llegada al poder del joven al Asad y el inicio de la política de “fronteras tranquilas” emprendida por el islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del primer ministro turco Recep Tayeb Erdogan. Atrás quedaron los oscuros tiempos en los que Ankara había llegado incluso a amenazar con desatar hostilidades si el régimen sirio no ponía fin a la actividad en su territorio nacional del independentista Partido de los Trabajadores del Kurdistán, liderado por Abdalah Ocälan. Las fronteras se abrieron al comercio y Turquía devino en el principal socio político y económico de Siria, aparte de Irán. La cooperación estatal arraigó y el ministro turco de Asuntos Exteriores, Ahmat Davutoglu, comenzó a ser visitante frecuente en Damasco.

Firme en sus aspiraciones de convertir a Turquía en una potencia regional, y temeroso de una revuelta de negativas consecuencias en su frontera de sur, Erdogan despachó al propio Dovatuglu y al jefe de los servicios secretos a Damasco nada más estallar las protestas para tratar de convencer a Al-Asad de la necesidad de acelerar las reformas y evitar así una espiral de sangre y violencia. Incluso le instó a que se desprendiera de su hermano, Maher, al que tildó de “salvaje”. Desde entonces, y hasta los cruentos sucesos de Jisr al-Shughour, Ankara trabajó entre bambalinas -y con el apoyo tácito de Estados Unidos- para hallar una solución rápida e indolora. Sin embargo, el asalto a fuego de la citada población y la salida de miles de refugiados, muchos de ellos llegados con historias de horror que han salpicado la prensa turca, han sumado presión a Erdogan, que se ha visto impelido a cambiar el discurso.

En lontananza se atisban escasas soluciones. Para aquellos que permanecen en las calles no hay vuelta atrás. Aventado el temor a una guerra civil, ahora exigen la purga definitiva del régimen y están determinados a lograrlo: en uno de sus últimos comunicados, los denominados comités de coordinación han exigido la inmediata dimisión del presidente y la creación de un consejo de transición formado por civiles y militares que pilote un acelerado tránsito a la democracia plena. Su objetivo, aseguran, es que “×em×la nueva Siria sea una república y un estado civil que pertenezca a todo el pueblo, y que no sea el coto privado de familia, individuo o partido alguno×/em×”. Un país de igualdades “que no se herede de padres a hijos”.

Analistas y escritores como Robin Yassin-Kassab, autor del reconocido libro “The road from Damascus” sugieren la posibilidad de una intervención militar turca en la castigada franja norte, que daría un espacio de libertad y maniobra a la oposición similar a la que los rebeldes libios disfrutan en Bengazi. Sin embargo, parece poco probable que Ankara se embarre en una operación de riesgo descontrolado. En opinión de analistas turcos, Erdogan ha llegado a la conclusión de que el régimen sirio se tambalea, y con él los lazos comerciales entre los dos países; por ello ha decidido abandonar la línea de contención y dar un paso adelante que garantice a su país un papel relevante en el futuro sirio y le permita recomponer los réditos comerciales. Consciente que las revueltas en la zona favorecen su estatus de potencia regional, el primer ministro turco juega desde hace unas semana sus bazas en la arena internacional para asegurarse influencia en una eventual Siria sin la familia Al-Asad, al mismo nivel que Washington, Londres, Moscú, París o Pekín. Una estrategia que también agrada en la Casa Blanca, que mantiene una estrecha colaboración con Ankara en la búsqueda de alternativas. La Administración estadounidense parece entender que por posición geográfica, cultura, religión y vínculos históricos, Turquía es su mejor amigo en la zona, mientras que el Gobierno turco se ha dado cuenta de que es un problema demasiado complicado como para lidiarlo solo. El objetivo sería promover un régimen moderadamente islámico y parcialmente democrático, inscrito en el liberalismo social y económico, que ceda en conflictos regionales como la reclamación de los altos del Golán y la defensa de Palestina, y rompa con Teherán. Quién sería su cabeza visible es una incógnita aún por despejar. Analistas turcos sugieren que al primer ministro le seduce la idea de un gobierno liderado por una rama moderada de los Hermanos Musulmanes, que emprendiera una programa similar a su alabada democracia-islámica.

Existe otra duda más, igualmente crucial: ¿Qué ocurrirá con Irán, aliado incondicional de Damasco y estado con el que Turquía también tiene unas importantes y estratégicas relaciones comerciales y políticas? El periodista turco Nihat Ali Özcan recordaba esta semana en el diario Hurriyet que tras la invasión estadounidense de Irak, Oriente Medio se polarizó en dos bloque antagónicos: uno formado por los estados suníes -Egipto, Pakistán, Arabia Saudí- y por otro el eje chií, liderado por Irán e integrado por Siria, Irak, con el grupo chiíta libanés Hizbulá como principal apoyo. Situada en dos aguas, Turquía optó por buscar un equilibrio que le permitiera tener buenas -y rentables- relaciones con ambos. “La llegada al poder de unos democratizados Hermanos Musulmanes con el apoyo mediático y psicológico de Occidente podría significas que Siria dejara definitivamente de pertenecer al bloque chií. Perder un aliado como Siria haría que Irán perdiera una importante espacio geopolítico (…) Ante estas circunstancias, Turquía debería abandonar la política de equilibrio y asumir su papel como nuevo miembro del bloque suní. No sería una sorpresa que la relación entre Turquía e Irán adquiera una nueva forma en el futuro”, afirma.

Con menos probabilidades éxito -a priori- se presenta la denominada “opción saudí”. Apoyada en su aparente calma interna y su inmenso poder petrolero, Riad también aspira a salir reforzada de la crisis como potencia en la zona. Implicada desde hace años en una guerra fría con Irán, uno de cuyos campos de batalla es el Líbano, Arabia Saudí podría comprar con sus petrodólares a la vasta casta comerciante suní, como ya ha hecho en Beirut. Y con el mismo arma y su islamismo retrógrado, tratar de ganar también la confianza de los Hermanos Musulmanes sirios más conservadores. En su contra juegan las excelentes relaciones que la familia real saudí mantiene con un viejo dragón del régimen, que cultiva sus ambiciones y sed de venganza en un exilio dorado en Londres: Rifat al-Asad, hermano del fallecido León de Damasco y tío de Bachar. Conocido como el carnicero de Hama -por su papel en la represión y asesinato de miles de opositores al régimen en esta población en 1982, en su mayoría seguidores de la Hermandad- fue vicepresidente del país hasta finales de los noventa, y aún alberga la ambición de gobernar el país. Aunque en las última semanas ha moderado su discurso y hecho guiños a la comunidad internacional, tiene mínimas opciones. El pueblo sirio ya ha gritado: “no más pasado, no más dinastías”· FIN


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