Irán, el pulso por el poder… (la crónica que quedó en el tintero)

Con el arranque del verano y la llegada del asfixiante calor, el régimen iraní puso en marcha su acostumbrada (y agresiva) campaña estival para “combatir el pecado, proteger la virtud y preservar el uso correcto del velo”. Según cifras oficiales, alrededor de 70.000 agentes -hombres y mujeres- fueron desplegados en las calles y plazas de Teherán y de otras ciudades del país con la misión de censurar cualquier atisbo de piel, cualquier asomo de curvatura corporal que pueda incitar al instinto más animal de los humanos, y escarmentar a los indecorosos. Escoltadas por un compañero de las milicias de voluntarios islámicos “Basij”, mujeres embutidas en impenetrables “chador” negros vigilan desde entonces los accesos a los centros comerciales, a centros educativos, mercados, parques e incluso los cruces de caminos. Están proscritos los pañuelos demasiado laxos, aquellos que permitan entrever un flequillo o descubrir el cuello femenino; las mangas que dejen a la vista la muñeca, cortas o remangadas por encima de la línea del reloj; y los “mantoos” ajustados que se eleven “peligrosamente” por encima de las rodillas. El castigo es una multa que ronda los 250 euros y la obligación de firmar un documento en el que se admite la falta y se promete no reincidir. Apenas hay opción de escape, pese a que cada vez son más las mujeres que han perdido el miedo y se encaran a los lacayos del régimen. Visibles a poca distancia, furgonetas verdes y blancas de la Policía supervisan la operación, preparadas para intervenir si es necesario. Quienes no pagan en el acto, sufren un segundo calvario: se congelan sus cuentas o se impide cualquier trámite en la administración hasta que saldan la deuda. “Es absurdo, no hay marcha atrás y lo saben. Las mujeres iraníes hemos dado un paso adelante que no admite retorno. Estas campañas solo buscan recaudar y tratan de mantener el estado de terror. Recordarnos que, pese a todo, siguen ahí, con todo su poder”, explica Fariba M., periodista y activista de los derechos humanos.

Pero no solo las mujeres sufren este verano el acoso de los sectores más retrógrados de un régimen cada día más alejado de las aspiraciones del pueblo. A los ojos de los auto denominados protectores de la moral también son reprobables los peinados masculinos “occidentalizados” y las camisas abiertas que ofrezcan tórax engalanados con colgantes y cadenas de oro o plata. Incluso al inicio de la campaña, un supuesto experto apareció en la televisión estatal para pregonar una teoría que de ser cierta resolvería el acuciante problema de la superpoblación del planeta: los famosos pantalones vaqueros (jeans) deben su nombre al vocablo árabe “jinns” (espíritu maligno en la teología chií) y su uso prolongado o demasiado ajustado causa infertilidad. “El régimen cree que el pueblo es igual de ignorante y de supersticioso que hace treinta años, que puede manipularlo de la misma manera, pero gracias a dios, Irán ha progresado y sabe que hay otro mundo más allá de sus fronteras”, argumenta Mahmud A.R., estudiante de ingeniería.

Sin embargo, este año, detrás del habitual celo inquisidor veraniego, la campaña parece también esconder un capítulo más de la enconada y virulenta lucha fratricida por los límites del poder (y por el control de los cresos recursos del estado) que libran los padres del régimen y los hijos que ansían su herencia. Soterrada desde el inicio de la presente centuria, la batalla salió a la luz en toda su crudeza durante la campaña electoral para las presidenciales de 2009 y la brutal represión policial que siguió a la controvertida reelección del presidente Mahmud Ahmadineyad, que la oposición tachó de fraudulenta. Nada más conocerse el resultado, cientos de miles de personas se echaron a las calles de país para protestar en una oleada de indignación que se cobró la vida de decenas de personas y llenó las cárceles (oficiales y extra judiciales) de miles de ex gobernantes, intelectuales, artistas, abogados, periodistas, activistas de los derechos humanos y ciudadanos de a pie como Fariba y Mahmud. Alrededor de un centenar de ellos han sido ya juzgados y condenados -algunos incluso a la pena capital-, acusados de participar en una suerte de conjura urdida desde el exterior para derrocar la República Islámica.

Desde entonces, la brecha se ha profundizado, horadada por las ambiciones de un Ahmadineyad convencido de que las urnas amañadas le han conferido una ficticia legitimidad por encima de las atribuciones que le concede el sistema teocrático. Secundado por un círculo de hombres que han crecido a su vera desde que fuera nombrado gobernador de la conflictiva localidad de Ardabil, en los duros años de la guerra fronteriza con Irak (1980-1988), ha emprendido una ofensiva contra todo los estadios del sistema cuyo principal objetivo es, en principio, recortarles poderes y convertir la presidencia en la segunda instancia del estado, al nivel del poderoso Consejo de Guardianes y solo por debajo del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, quien disfruta de poder omnímodo. Además, su polémica política de privatizaciones -que ha favorecido a los oficiales medios de la Guardia Revolucionaria- le ha enfrentado a los mandos de alto rango de este cuerpo de elite fundado y tutelado por el actual guía de la Revolución, mientras que los devaneos nacionalistas y pseudo-laicos de su influyente jefe de gabinete y consuegro, Esfandiar Rahim Mashaí, han enervado a la casta clerical, temerosa de perder los privilegios arrebatados a la monarquía tres décadas atrás.

Socialmente, el mandatario conserva el apoyo de las zonas rurales, donde ha logrado colocar gobernadores de su cuerda, y de las clases urbanas más humildes, paradójicamente las más favorecidas por su controvertido plan de supresión de los subsidios nacionales a la gasolina, la energía y los alimentos. La sustitución de las ayudas estatales por ingresos mensuales y en efectivo según nivel social y número de miembros de la unidad familiar ha dotado de un sueldo a familias que antes carecían de ingresos regulares y apenas sobrevivían al día. Familias de hábitos austeros que casi no han notado el espectacular incremento en la factura de la electricidad y el gas, al contrario que la cada vez más estrecha y asfixiada clase media, obligada a mayores sacrificios. Es en este último sector de la población, desencantado con sus promesas populistas, donde Ahmadineyad pierde día a día popularidad.

También parece haberse desvanecido gran parte del respaldo que le proporcionaba el líder supremo, quien en 2009 defendió la limpieza del proceso electoral pese a las multitudinarias protestas, llegadas desde todos los rincones del régimen y de la sociedad. El distanciamiento salió a la luz el pasado 17 de abril a causa de la polémica (y fallida) destitución del todavía ministro de Inteligencia y Servicios Secretos, Heydar Moslehí. Dos horas después de que la agencia estatal de noticias local Irna, dirigida por uno de los hombres más afines al presidente, anunciara su supuesta dimisión, Jameneí ordenó que el único clérigo del gabinete permaneciera en su puesto. Desairado, Ahmadineyad despareció de la escena pública, que cultiva con tanto esmero; abandonó sus obligaciones e incluso evitó presentarse y presidir dos consejos de ministros, en una especie de boicot que según medios de la oposición concluyó después de que el propio Jameneí amenazara con obligarle a dimitir. Clérigos y miembros de la facción “principalista” (conservadores) del Parlamento saltaron a la televisión y al resto de medios controlados por el líder supremo para advertir al mandatario de que no sobrestimara su poder y recordarle el fatídico destino del otro presidente laico de la República Islámica, Abul Hasan Bani Sadr, obligado en 1980 a abandonar su puesto en un pulso parecido con el propio fundador del estado, ayatolá Rujolá Jomeini, a los pocos meses de ser nombrado.

En el centro de la saga, junto a Ahmadienyad y Jameneí, se sitúa también el citado Mashaí, cuya hija está casada con uno de los hijos del presidente, y que es el verdadero “factotum” de la política del mandatario. Antiguo miembro de los servicios de Seguridad -algunos opositores lo identifican como un interrogador cruel e implacable- colecciona una ristra de declaraciones polémicas que han irritado a los clérigos y sacudido ciertos pilares del régimen, como la animadversión hacia Israel y la hostil relación con Estados Unidos. Su ambición por promover el nacionalismo persa por encima del carácter religioso del estado para minar la influencia de la casta clerical le llevó el pasado marzo a cometer un error similar al que contribuyó a desencadenar el final del Sha Pahleví. Propuso celebrar la fiesta de año nuevo (Nooruz), de origen zoroástrico, con un acto de Estado en las ruinas de Persépolis, una de las capitales del antiguo imperio aqueménida, idea que fue frenada desde los influyentes seminarios teológicos de la ciudad santa de Qom. Semanas después, varios clérigos acusaron a Mashaí y a su círculo más íntimo de haber embrujado a Ahmadineyad. Incluso, uno de ellos fue arrestado por miembros de la Guardia Revolucionaria, acusado de hechicería.

La lucha entre la nueva generación encabezada por Ahmadineyad y los representantes de la vieja guardia se remonta a la sorpresiva (y también polémica) primera elección del actual presidente, en 2005. Ahmadineyad era por entonces alcalde de Teherán, y a priori carecía de peso en la política nacional. Sin embargo, y por un estrecho margen, logró entrar en una segunda vuelta frente al favorito, el ex presidente Alí Akbar Hashemí Rafsanyaní, entre denuncias de fraude del otro aspirante desplazado, el ex jefe del Parlamento, Mehdi Karrubí. Analistas iraníes subrayan que en la inesperada victoria final del entonces regidor de la capital desempeñó un papel fundamental Mujtaba Jameneí, hijo del líder supremo.

Consolidada la reelección a golpe de porra en 2009 –supuestamente con el beneplácito del propio Mujtaba-, Ahmadineyad ha iniciado su postremo asalto al poder. Su primer objetivo ha sido el Parlamento, con el que ha batallado durante los primeros 18 meses de su segundo mandato para lograr la aprobación de su discutido plan de reformas económicas. Jaleados por su presidente, Alí Lariyaní –hombre igualmente cercano al líder supremo- los diputados sólo dieron su brazo a torcer tras la intervención directa a favor del mandatario del propio Jameneí. Desde entonces, Ahmadineyad ha acusado a la Cámara de ser una rémora y de torpedear la acción del Gobierno. Un ataque que atenta de forma directa contra uno de los preceptos de Jomeini, que siempre defendió la necesidad de la existencia de un Parlamento frente a aquellos clérigos más radicales –como el ayatolá Mesbah Yazdí, mentor espiritual de Ahmadineyad- que argumentaban que el adjetivo islámica junto al sustantivo república convertía en innecesario el concepto de sistema parlamentario. La lucha entre la Asamblea y el Ejecutivo se ha recrudecido en las últimas semanas a causa de la ambición del mandatario de fusionar varios ministerios para reducir el número de carteras. La decisión de Ahmadineyad de cesar a tres ministros sin la aprobación previa del Parlamento –e incluso nombrarse a sí mismo ministro interino de Petróleo y Energía- abrió la caja de los truenos. La medida fue criticada y sancionada hasta por el poderoso Consejo de Guardianes, que la tachó de anticonstitucional y obligó al presidente a recular.

En una situación parecida se hallan las relaciones entre el Ejecutivo y el Poder Judicial, dirigido por el ayatolá Sadeq Lariyaní, hermano del presidente de la Cámara. Los casos de Shakiné Mohammadi Ashtianí –la mujer acusada de adulterio que corría el riesgo de ser apedreada- o el de los tres senderistas estadounidenses apresados hace dos años en la frontera con Irak y acusados de espionaje, han evidenciado las diferentes tendencias políticas en el seno de un régimen atomizado.

El último objetivo de las flechas del presidente ha sido la propia Guardia Revolucionaria, ejército ideológico del régimen y centro neurálgico del poder. A principios de este mes de julio, Ahmadineyad sacó al debate público una verdad conocida por todos en el país, pero que nunca había sido siquiera sugerida en voz alta: acusó a los oficiales del citado cuerpo de manejar y gestionar una red de puertos y aeropuertos clandestinos en los que se contrabandea con bienes que van desde los productos que abastecen los supermercados hasta sustancias ilegales como el alcohol, la gasolina, el maquillaje e incluso piezas de armamento. El presidente se atrevió a exigir en público que esos puertos deberían ser supervisados por el Gobierno, y vigilados por la autoridad de aduanas. Sus palabras fueron la cumbre de una serie de acusaciones similares de negocios ilegales entre el Ejecutivo y la Guardia Revolucionaria, que no solo controla parte importante del comercio nacional, si no que también domina la construcción de infraestructuras del país, el controvertido programa nuclear y la gestión del petróleo –verdadero sostén económico del país- a través de su brazo empresarial, un conglomerado de empresas conocido como Khatam al-Anbiya. La respuesta más contundente la dio el máximo responsable militar de la Guardia, el general Alí Jafarí, que advirtió a Ahmadineyad de “sus excesos” en una larga entrevista concedida a la agencia de noticias local Mehr. Días antes, la vieja guardia había lanzado también un mensaje de unidad: sin la presencia del presidente, se reunieron en público los oficiales de mayor rango del citado cuerpo, junto a Alí Saedí –representante del líder supremo para asuntos de la Guardia Revolucionaria-, al ex comandante jefe del citado cuerpo y candidato presidencial en 2009, Mohsen Rezaei, y al actual alcalde de Teherán y también miembro de la Guardia Revolucionaria, Mohamad Bagher Qalibaf, quien parece ser el elegido por la vieja guardia –y también por el propio Mujtaba Jameneí- para reemplazar a Ahmadineyad. Todos ellos firmaron una declaración en la recalcaron la necesidad de que todas las fuerzas del país se mantengan unidas y eviten disputas que puedan sugerir una sensación de debilidad al enemigo.

Todas estas escaramuzas han multiplicado en las últimas semanas los rumores sobre la posibilidad de que Ahmadineyad tenga que enfrentarse a un proceso de recusación (impeachment), que a la postre debilitaría, sin duda, la posición del propio líder supremo. Jameneí apostó fuerte al defender públicamente al mandatario frente a las acusaciones de fraude. Y también al respaldar, con su intervención abierta ante el Parlamento, su plan para suprimir los subsidios. Un eventual cese del presidente perjudicaría tanto su prestigio como dirigente como su imagen de representante sobre la tierra del imam oculto (mahdi), ya que se supone que sus juicios y decisiones proceden directamente de su inspiración y es por ello infalible. Entre las preguntas que sobrevuelan este análisis, destaca una: ¿es Ahmadineyad un suicida político, un hombre tan prendando de sí mimo que sobreestima su capacidad, o sus políticas y nombramientos, en apariencia erráticos y erróneos, son en realidad una estrategia consciente para minar el sistema teocrático y cambiar dinámicas dentro de la República Islámica? Difícil de aventurar en un régimen cerrado y enigmático, en el que el pasado nos ha enseñado que todo es posible. Analistas y colegas en Teherán apuntan a que las respuestas comenzarán a resolverse en el primer trimestre de 2012, fecha para la que están previstas las próximas elecciones parlamentarias. FIN

info@javier-martin.org

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