Sadam en el recuerdo…

Una calurosa mañana de abril de 2003, bajo la atenta mirada de cientos de periodistas -entre ellos muchos españoles- y escoltados por tanques estadounidenses, decenas de jubilosos opositores iraquíes derribaron y pisotearon con saña una de las estatuas más famosas del Sadam Husein. El dictador y sus dos crueles hijos habían desaparecido días antes y tampoco quedaba ya rastro de su guardia pretoriana. La operación militar anglo-estadounidense había sido rápida e implacable, casi de precisión matemática, y había llegado la hora de emprender la tarea más ardua, aquella que había sido utilizada como excusa para desatar unas hostilidades ilegales a la luz del derecho internacional: contribuir a que los iraquíes se sacudieran los yugos y recorrieran el camino de la democracia.

Ocho años después, ese soñado estado democrático, libre y modernizado, es todavía una quimera. La oleada de terror, vendettas y asesinatos indiscriminados que estalló tras el desmoronamiento de la dictadura se proyecta aún como una amenaza viva y una fuente constante de desestabilización. Aunque la industria petrolera fue recuperada de forma casi inmediata y efectiva, el sistema económico adolece de una profunda crisis que mantiene a decenas de miles de iraquíes al borde la pobreza -y que permite que unos pocos más se hayan hecho inmensamente ricos. Las diferentes fuerzas políticas, religiosas y étnicas están más cerca de la guerra que de la reconciliación nacional definitiva, y el terrorismo, aunque parece haber declinado, es todavía constante. El odio al dictador -manipulado por las tropas invasoras- era el único cemento que mantuvo por un tiempo unidas a las dispares comunidades nacionales. Una vez ajusticiado éste -y asesinados sus dos hijos-, las divergencias ideológicas, las cuentas pendientes y los intereses encontrados afloraron, espoleados por una sucesión en cadena de errores políticos. El más grave de ellos, quizá, la decisión de la autoridad de transición dirigida por el mercenario político norteamericano Paul Bremmer III de desmantelar toda la estructura del antiguo régimen. Se desbandó el Ejército y la Policía y se purgó la Administración, sin distinguir a aquellos funcionarios que eran baazistas de aquellos otros, válidos, que trabajan para el régimen por razones prácticas, porque tenían la necesidad de alimentar a sus familias o porque simplemente eran objetos de chantaje. La errada medida creó un vacío de poder que las distintas facciones ambicionaron llenar y que desembocó en una compleja guerra civil plagada de numerosos frentes. Chiíes laicos, religiosos, pro iraníes y antiiraníes comenzaron a luchar entre sí, azuzados por los anhelos de sus líderes políticos y religiosos. Las viejas rencillas entre los kurdos asomaron y se convirtieron en instrumento de cambalache político. Los suníes, minoritarios y satanizados por haber sido esta la confesión del tirano desposeído, cayeron, en gran parte, en las garras del radicalismo más violento. Además, y con un estelar atentado perpetrado en agosto de 2003 contra la sede de la ONU en Bagdad, la red terrorista internacional Al Qaida se presentó en el país y sembró un terror que aún coletea, pese a que los invasores comienzan a batirse en retirada de un Irak que por ambición petrolera y delirios de grandeza destruyeron y después casi abandonaron a sus suerte.

Apenas una década después, otro dictador odiado por su pueblo y con el que Occidente ha mantenido una ambivalente y en ocasiones hipócrita relación, parece vivir igualmente el final de sus estrafalarios días. En medio del áspero calor de agosto -y con la inestimable ayuda aérea de la OTAN- los insurrectos libios han conseguido entrar en Trípoli, tras casi seis meses de avances y retrocesos frente a las tropas aún leales a Muamar al-Gadafi. El día 23 (sin presencia de la prensa española, hecho que constata la crisis en la que está sumido este sector) lograron por fin quebrar las defensas de su residencia-fortaleza de Bab al-Azaziya, y aunque todavía existen focos de resistencia en barrios capitalinos y localidades del oeste del país, los rebeldes dicen controlar Trípoli y al menos el 95 por ciento de la antigua “Jamahiriya”. La última de las grandes batallas podría librarse en los próximos días en la ciudad de Sirte, cuna del coronel que hace 42 años lideró una algarada similar contra la monarquía Al Sanussi y logró algo que parecía imposible, aunar bajo un sólo mando a los eclécticas tribus libias.

Con la victoria militar casi al alcance de la mano, la oposición libia y la comunidad internacional se enfrentan ahora a un titánico trabajo, similar al que condenó a Irak. Llevar a cabo -esta vez con éxito- una genuina transición democrática que sirva de ejemplo y espejo a otros estados, y que evite un fracaso que podría tener graves consecuencias regionales e internacionales. Un estado de terror en el país norteafricano amenazaría a sus vecinos -implicados en un proceso parecido tras derrocar a sus respectivos autócratas en movilizaciones populares- y podría desestabilizar toda la cuenca sur del Mediterráneo, con las negativas consecuencias que ello acarrearía a una Europa ya cercada por sus propios prejuicios, su historia y la voracidad de los especuladores.

Algunos incidentes ocurridos a lo largo de los seis meses de combates no invitan al optimismo. Cuenta un colega de la agencia Reuters que durante el avance de las diferentes milicias hacia Trípoli, la rivalidad desencadenó disputas y en numerosas ocasiones evitó un progreso más rápido y efectivo. Los insurrectos discutían y en numerosas ocasiones se negaban a aceptar ordenes de superiores por el simple hecho de pertenecer a otra aldea o a otra tribu. Espoleados por la OTAN, los diferentes grupos se han aprovechado de la inestabilidad sembrada en el país para acceder a los arsenales del régimen, armarse hasta los dientes y avanzar hacia la capital, pero lo han hecho sin un plan ni un mando único. “Los rebeldes se refieren a sí mismos como los combatientes de este pueblo o de este otro, no como los rebeldes de Libia. Cuando un periodista llega a la frontera debe pedir un permiso escrito a cada milicia para cruzar por su región”, explica Michael Georgy, reportero del citado medio británico. “Más allá de la superficie visible, los rebeldes estás divididos en facciones y temen sufrir la infiltración de agentes de Gadafi. Las aldeas bereberes y las árabes se observan unas a otras con suspicacia”, precisa.

Hasta la fecha, solo la oposición política se ha agrupado en el denominado Consejo Nacional de Transición (CNT), con sede en la ciudad rebelde de Bengazi. Compuesta por antiguos responsables del régimen que han ido abandonado a Gadafi según cuajaba la algarada, está integrada por una amalgama de socialistas árabes, islamistas, líderes tribales, laicos, hombres de negocios, tecnócratas y oportunistas. Su cabeza visible es Mustafa Abdeljalil, ex ministro de Justicia del régimen, quien desertó el pasado febrero. Bendecido con una buena imagen internacional -un cable de la embajada norteamericana desclasificado por wikileaks los describe como un “tecnócrata moderado- carece, sin embargo, del mismo respaldo entre los rebeldes. “No existe un líder posterrevolucionario que sea respetado por todos. Es un gran problema”, advierte Kamran Bujari, director para Oriente Medio de la fundación de estudios sobre Servicios Secretos STRATFOR.

Abduljalil parece consciente de ello y ya ha enviado mensajes en este sentido, tanto a sus colegas rebeldes como a la comunidad internacional. Pocas horas después de que los alzados aseguraran el control de la fortaleza de Gadafi en Trípoli, y en medio del discurso de la victoria, amenazó con dimitir si no se seguían las directrices del CNT. Sabedor de las cuentas pendientes que quedan, instó también a los líderes militares a actuar con sensatez y a evitar las venganzas. Es un secreto a voces que en Bengazi hay gran preocupación sobre la actitud que adoptarán las milicias del oeste. Tradicionalmente, Libia ha estado dividida en la provincia de la Cirenaica, con capital en la citada Bengazi, más progresista y hostil a Gadafi, y la Tripolitania occidental, feudo de las tribus más aguerridas y conservadoras. Mientras la actividad diplomática y política rebelde se ha desarrollado en la referida urbe costera, han sido los insurgentes de las montañas occidentales y de la localidad de Misrata los que han llevado el peso de la batalla sobre el terreno. Una vez controlado el país, se espera que los tripolitanos se presenten en Bengazi para reclamar su botín. El reparto no se antoja fácil. Mientras en la capital rebelde se hacen guiños de democracia a Occidente y se pide financiación y ayuda extranjera para evitar el posible resquebrajo, la cordillera occidental se llena de hombres de luengas barbas y discurso islamista que critican la intervención foránea.

Una segunda fuente de inestabilidad la constituye la peculiar estructura sobre la que Gadafi edificó su régimen. El dictador creó un estado a su medida, sostenido en el culto a su persona y cimentado en su ladina capacidad para cabildear con las diferentes tribus. Huérfano de unas instituciones fuertes al uso que puedan ahora servir de pilar a los rebeldes. Una compleja mezcla de mano izquierda, puño de hierro y bolsas de petrodolares, combinada con un sagaz conocimiento de la idiosincrasia de cada grupo para sacar provecho de sus debilidades, de sus fortalezas y de sus conflictos tribales. Un equilibrio funambulista que 42 años después ha saltado por los aires y que ahora la oposición debe hacer suyo.

El mejor ejemplo son las fuerzas armadas. El Ejército libio ha sido durante las últimas cuatro décadas un ente nominal integrado por una fuerza de elite fiel al dictador y decenas de cantones castrenses que actuban bajo el liderazgo de cada tribu. Una vez quebrado el hilo conductor, cada milicia ha tomado su propio partido en el marco de la revolución. “Es muy importante iniciar un proceso de desmobilización y desarme (de las tribus) tan pronto como la situación lo permita”, explica Pieter Wezeman, experto de Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo, una de las instituciones más prestigiosas del mundo. Es necesario “tanto para prevenir la violencia armada en Libia como para evitar que las armas fluyan hacia otros grupos armados en el norte de África”, concluye. En este contexto, parece que la parte má fácil se ha logrado, pese a que le dictador aún no ha sido capturado. Ahora empieza el laberinto de gestionar la victoria. FIN

javiermartinr@gmail.com

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Un pensamiento en “Sadam en el recuerdo…

  1. Estoy de acuerdo con tu crónica y análisis de la situación de Libia. Un páis sin instituciones democráticas, un pueblo dividido en distintas tribus bajo un regimen autoritario y personalista como lo que Kadafi se verá en una situación muy dificil y complicada para armar una república democrática. La democracia es un juego de contradicciones y consensos que deben hacerse en un parlamento: no bajo la fuerza de las armas o las amenazas. Otro de los factores fundamentales es la economía. Cómo se distribuirá la riqueza de Libia y con que parámetros para que no quede en manos de unos pocos. No soy muy entusiasta en el futuro de Libia, lamentablemente.

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