Mubarak cayó ayer, su régimen…

Sentados en torno a una mesa en un recóndito callejón que en tiempos se conoció como “el de los españoles”, escondido en el corazón de El Cairo y a escasos cien metros de la ahora mítica plaza de Tahrir, tres jóvenes egipcios -Hasan, Tawfik y en ocasiones Omar- solían reunirse casi a diario para cenar “foul” (habas), fumar narguile, beber té, y sobre todo, hablar de política. Con los años, la edad y los ritos que exige el camino hacia la llamada madurez languidecieron una costumbre a la que tuve la suerte de ser invitado. Hasan, Tawfik y Omar se ven poco ahora. Sus obligaciones profesionales y familiares apenas se lo permiten. Pero al menos tratan de juntarse en el callejón un par de veces al año. La última fue durante la reciente fiesta musulmana del Aid al-Adha, que pone fin al mes islámico de la peregrinación, al calor del que es su rincón, y me enviaron un correo electrónico desde el café internet que ahora ocupa el local de la antigua barbería: “Aquí hay mucha confusión, demasiados partidos y demasiadas incógnitas. Casi nadie se fía de los planes del Ejército”.

Nueve meses después de la caída del presidente Hosni Mubarak, Egipto inicia este fin de semana un largo proceso electoral -que concluirá en marzo de 2012-, cuyo objetivo es crear la comisión que redactará la nueva Constitución nacional, pero que, con toda probabilidad, servirá para vislumbrar si el alzamiento del pasado febrero devendrá finalmente en una revolución genuina o si se revelará como la mascarada de una Junta Militar que, en realidad, habría azuzado las protestas para conservar el “status quo” alcanzado en 1952 a golpe de bayoneta. Medio siglo más tarde, islamistas y militares son aún los principales actores políticos y económicos de Egipto, aunque su privilegiada posición comienza a parecer amenazada por una serie de fuerzas que han emergido con pujanza de las entrañas de Tahrir: jóvenes revolucionarios partidarios de una transformación radical, nostálgicos de un régimen corrupto y dictatorial que se han travestido de demócratas para tratar de sobrevivir, y demócratas con reminiscencias tiránicas que ahora temen que ese sistema que anhelaban sirva para que los islamistas acaparen poder y que prefieren que cuestiones como la propia redacción de la Carta Magna emanen de una oligarquía elegida y bendecida por el Ejército y no de la voluntad del pueblo en las urnas. Junto a ellos, han aflorado el orgullo de los coptos -que persiguen un mayor peso político-, radicales de todo pelo -islámicos y cristianos-, liberales de tendencias variadas y quintacolumnistas civiles de una casta militar que durante años giró en torno al puño de hierro del dictador que ahora dicen denostar.

Todos ellos pululan estos días por las calles de las grandes ciudades y los caminos todavía empolvados de las zonas rurales en busca del voto, escudados bajo una miríada de confusas siglas, partidos dispares y complejas listas electorales que se han transformado el proceso electoral en un galimatías para la mayoría de los egipcios. Expertos locales y foráneos auguran una moderada victoria de los Hermanos Musulmanes, que, pese a sus divisiones políticas internas, comparten una estrategia común cuyo objetivo primordial es lograr una influencia (efectiva pero discreta) en la asamblea que redactará la futura Constitución. Escarmentada por la brutal represión que siguió al derrocamiento de la monarquía, consciente de que se halla ante la mejor de las oportunidades para borrar media centuria de ostracismo y confiada en la firmeza de su estructura, tejida a lo largo de años de clandestinidad, la Hermandad ha optado por seguir manteniendo el perfil bajo. Bien estructurada, y con decenas de años de experiencia en resistencia y acción social -que le han permitido penetrar en todos los estratos, incluido el propio Ejército-, su meta no es la presidencia del país, si no garantizarse el respaldo parlamentario suficiente para decidir sobre grandes cuestiones nacionales como la Justicia o la Educación y dictar las normas morales. En los últimos meses, la cofradía ha visto salir de su seno tres formaciones políticas: el Partido de la Justicia y la Libertad, considerado el más consistente de todos, el Partido de los Egipcios de hoy (Tayyar al-Masry) y el partido Al Reyada, ambos surgidos de las corrientes más jóvenes. Pero pese a esta división -fruto más de cuestiones políticas que ideológicas- la amenaza para la Hermandad procede de la resurrección de las corrientes radicales salafistas, que durante años boquearon aplastadas por la bota de la dictadura. Se intuye que tienen un amplio apoyo en Alejandría y zonas del delta y el sur de Egipto, pero se desconoce el número de votos que pueden arrastrar formaciones tan novatas como An Nour, Al Fadila o Al Asala.

La cuestión a dilucidar a partir del domingo será como se repartirán el resto de los escaños y cual es la pretensión verdadera del Ejército. En principio, la Junta Militar confía en la llamada “casta parasitaria” para salvaguardar su agenda económica y bélica. La mayor parte de ella la componen grandes comerciantes e industriales que durante las últimas décadas han visto multiplicase sus cuentas bancarias gracias a la tutela que la elite castrense ha ejercido sobre la economía nacional. Los demás son, sobre todo, feudatarios del antiguo régimen que han sobrevivido a las purgas y logrado tornar la chaqueta con un deje de agradecimiento servil, y engordan las listas independientes. Ni unos ni otros están interesados en una democracia en “strictu sensu”. Existe, en este sentido, una enorme desconfianza y un gran desconcierto sobre los planes que alberga la Junta Militar. En principio mantiene su papel como garante de la estabilidad y la seguridad del país mientras dure el largo proceso de transición, y se esfuerza por no aparecer como un obstáculo en el camino democratizador. Pero en los últimos meses, algunas decisiones y declaraciones contradictorias han despertado las suspicacias sobre sus ambiciones y levantado sospechas sobre el grado de unidad en el seno de las Fuerzas Armadas. Parece claro que la junta no pone reparos a ceder el mando a un gobierno civil, pero también ha demostrado que no está dispuesta a subordinarse al mismo. El pasado uno de noviembre aprobó una norma que impedirá a los futuros parlamentos supervisar el presupuesto del Ejército, y días después se aseguró la posibilidad de introducir miembros de su elección en la comisión que redactará la Carta Magna. Además, el proceso de transición que ha diseñado le permite tutelar el país hasta la elección del nuevo mandatario –prevista para 2013-, ya que el sistema egipcio actual obliga al primer ministro a someterse a los dictados de la presidencia, que ahora ejerce en cierta manera el mariscal Muhamad Husein Tantawi, quien durante dos décadas fue el ministro de Defensa de Mubarak.

A rebufo, el resto de fuerzas trata de organizarse y movilizar a su favor a una población diversa, ávida de libertad y con escasas costumbres democráticas. Una amalgama de grupos sin apenas estructura ni experiencia, que comparten un fondo de sueños pero cuyos propósitos son tan heterogéneos como la ciudadanía a la que apelan. Por un lado, la revuelta egipcia ha sido etiquetada como “la revolución de los jóvenes”. Una teoría que, con el paso de los meses, ha comenzado a perder vigencia. El alzamiento fue espoleado por los jóvenes porque cerca del cincuenta por ciento de la población egipcia se define en esa franja de edad, pero a medida que la llamada transición avanza, se multiplican las dudas sobre si las protestas se cimentaron sobre la base práctica de las “esperanzas jóvenes”. Y si fue así, qué jóvenes porque Egipto lo componen jóvenes cristianos y musulmanes, moderados y radicales, liberales, anarquista, sindicalistas, demócratas, revolucionarios, izquierdistas, conservadores, nostálgicos, ricos y sobre todo, pobres (…) y no todos comparten ambiciones. Por otro, la revuelta ha sorprendido a los tradicionales partidos laicos con el paso cambiado, hundidos en sus propias carencias y amarrados el desprestigio acumulado durante las décadas de tiranía militar. Ninguno de ellos ha logrado aún hacerse con el ariete del laicismo, ni han hallado una plataforma común que les permita acortar la gran distancia que les separa de los islamistas. En este sentido, todo parece apuntar a que la representación de liberales y laicos en la Asamblea Constituyente será dispersa y atomizada.

Otros elementos invitan al pesimismo a jóvenes como Omar, Hasan o Tawfiq, que se sumaron al alzamiento con entusiasmo y que depositaron en él sus esperanzas. En los últimos meses, la Junta Militar ha transitado por otras sendas igual de confusas, que ha menudo han desembocado en acciones inconsistentes, e incluso contradictorias. Al mismo tiempo que ha estimulado una serie de reformas democráticas cosméticas, ha evitado acometer otras más determinantes y acuciantes, como el levantamiento total de la ley de emergencia o el fin de los arrestos arbitrarios. Desde la caída de Mubarak, se ha incrementado la cifra de juicios militares a activistas, defensores de los derechos humanos y blogueros como Mijail Nabil o Alaa abul Fatah, quien aún pena en cárceles castrenses sin juicio acusado de delitos como la incitación al odio sectario. Y la sangre ha comenzado a correr en confusos enfrentamientos, como el que el nueve de octubre causó la muerte de 27 personas en la avenida Maspiro, cuando la Policía dispersó con fuego real a una multitud, en su mayoría de coptos, que protestaban frente al edificio de la Televisión estatal.

“La esperanza está viva”, concluye Hasan con un grito que va más allá de un quimérico optimismo. El espíritu de Tahrir ha despertado la conciencia luchadora de una sociedad largo tiempo adormilada, que ahora cree de nuevo en el poder catártico y lustral de la calle. En las zonas industriales del delta -donde las huelgas de 2008 sembraron la semilla de la revuelta de 2011- prosigue la actividad sindical, las protestas y las movilizaciones en demanda de salarios más dignos y mejores condiciones laborales. Meses atrás, conductores de autobús lograron interrumpir el destartalado servicio público de El Cairo, mientras que grupos de abogados consiguieron frenar una ley que pretendía dejarlos a merced del albur de los jueces. Profesores y otros funcionarios, tanto de la capital como de los deprimidos pueblos del sur y del delta, han llevado a cabo distintas iniciativas de protesta en busca de progresos. “Los egipcios sabemos ahora cuales son nuestros derechos, y como luchar por ello. Esto no acaba más que empezar. Es una “intifada” (alzamiento), sí. Pero el objetivo sigue siendo la revolución”, concluye Hasan. FIN

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s