El Laberinto iraní

Ajeno al caos que bulle en el centro de Teherán, el pequeño pabellón central de la embajada británica en la capital persa conserva ese empaque lustral que rezuman los lugares en los que se ha escrito la historia. Hace setenta años, en sus espaciosas salas decoradas con parco estilo inglés, Winston Churchill, Josef Stalin y Frankling D. Roosvelt (the big three) se reunieron por vez primera desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial para decidir el destino de la humanidad. A lo largo de una gran mesa de madera maciza que aún preside la sala principal, los dignatarios del Reino Unido, Rusia y Estados Unidos cerraron los detalles técnicos y políticos del desembarco de Normandía, el llamado “día D”, que supuso el golpe de gracia a los delirios imperialistas de Adolf Hitler y el principio del fin del conflicto. En aquellos tiempos, el Sha Reza Pahlevi ya había sido obligado a abandonar el Eje y optado por declararse neutral, decisión que transformó Irán en lugar de tránsito de tropas y pertrechos con destino al acosado frente ruso. Una década después, Londres y Washington le devolvieron el favor: una conspiración urdida por la CIA con ayuda de los servicios secretos británicos desencadenó la caída del populista primer ministro, Mohamad Mosadegh, reforzó el contestado poder del hedonista Sha y convirtió a Estados Unidos y el Reino Unido en los dos enemigos más enconados de nacionalistas, comunistas y religiosos persas.

El pasado 29 de noviembre, la inquina hacia el “imperialismo” sirvió una vez más de excusa para escribir un nuevo capítulo de la guerra fratricida que desde hace años mantienen las diversas facciones que coexisten en el seno del régimen teocrático chií. Una turbamulta de sicarios, organizados y espoleados desde los sótanos ultraconservadores, asaltó la finca en la que se ubica la legación británica, destrozó parte de los edificios y saqueó numerosas estancias. Un extravagante episodio de cólera inducida que recordó al que en 1979 -en plena revolución- condujo a la ocupación de la embajada estadounidense y que tres décadas después ha conseguido forzar la adopción de una medida que la bancada más radical del Parlamento buscaba desde los cruentos incidentes post electorales de 2009, y que ciertos sectores del régimen trataban de evitar: la degradación de las relaciones diplomáticas con Londres. Una provocación calculada que se entiende, asimismo, como un mensaje de fuerza de la corriente más retrógrada y tradicionalista a los denominados “conservadores pragmáticos” -liderados por el controvertido presidente, Mahmud Ahmadineyad- al hilo del duelo a muerte que ambas corrientes libran por el poder.

El (pen)último acto de esta tragicomedia persa comenzará a representarse este 24 de diciembre, fecha en la que arranca un largo -y probablemente controvertido- proceso electoral que concluirá el próximo 2 de marzo con la elección de un nuevo Parlamento. A partir de esa primera fecha, y durante una semana, estará abierto el plazo para la presentación de candidaturas, que deberán ser refrendadas en última instancia por el Consejo de Guardianes, segundo órgano de poder en la República Islámica. Integrado por una docena de religiosos y expertos legales, este conciliábulo no electo en las urnas tiene potestad para, entre otras atribuciones, vetar a los aspirantes, vigilar el proceso electoral en su conjunto e interpretar la Constitución, además de ser la institución que después certifica y valida el resultado de los comicios. Su acción ha sido tradicionalmente muy polémica, y en numerosas ocasiones conflictiva con el otro protagonista del proceso electoral: el ministerio de Interior, encargado de la seguridad, las cuestiones técnicas y la logística del sufragio. Aunque la estructura de este Consejo -y parte de sus componentes- apenas han variado desde que en 1979 fuera instaurado por el fundador de la República Islámica, el gran ayatolá Rujolá Jomeini, con el paso de los años ha multiplicado su poder, hasta convertirse en la pieza fundamental del andamiaje teocrático, en cuya engranaje está infiltrado de forma casi omnipresente con cientos de oficinas, representantes y voluntarios repartidos por todo el territorio nacional. Dominado por el tradicionalismo más rancio, fue uno de los principales azotes del reformismo edulcorado defendido a principios del presente siglo por el ex presidente Mohamad Jatamí, y el factótum, junto al líder supremo, ayatolá Alí Jameneí, que permitió el ascenso del polémico Ahmadineyad. En 2009, y pese a las evidentes irregularidades y el fraude escenificado por el ministerio, avaló la discutida victoria del citado mandatario, arbitraje que desencadenó multitudinarias protestas populares, reprimidas de forma brutal, a sangre y fuego, por las fuerzas de Seguridad.

Esa cuestionada reelección supuso, igualmente, la fractura definitiva de un régimen carcomido por las grietas. La aniquilación de la fracción reformista, reducida a mero y apaleado espectador, ha desencadenado una enconada batalla entre las distintas fuerzas conservadoras, que hasta la fecha se habían mantenido unidas, de forma interesada, para hacer frente a aquellos que como el ex primer ministro, Mir Husein Musaví, el antiguo presidente del Parlamento, Mehdi Karrubí, o el propio Jatamí, propugnaban una suerte de reforma somera, tibia, sin forzar los límites de la cleptocracia. En una esquina del cuadrilátero se sienta el sector más radical y conservador, integrado por clérigos nostálgicos llegados al poder en los días de la Revolución, viejos altos mandos de la influyente Guardia Revolucionaria, políticos de primera hora y manadas de estudiantes y voluntarios islámicos “Basij”, utilizados como fuerza de coacción y choque. Enfrente, y en torno a la figura de Ahmadineyad y su círculo, combaten los denominados conservadores pragmáticos, que se dicen dispuestos a cambiar políticas hasta la fecha inmutables -incluida la relación con Occidente o el programa nuclear- con el objetivo de garantizarse el control absoluto de los cresos recursos del Estado. Su núcleo es una generación de hombres que participaron en el alzamiento contra el Sha pero que eran entonces demasiado jóvenes como para integrar los cuadros de mando del nuevo Estado; veteranos de guerra, tecnócratas formados en los seminarios, clérigos con aspiraciones políticas y guardias revolucionarios de la nueva hornada que han prosperado social y económicamente a la vera del actual mandatario. La mayoría de ellos -incluido el propio Ahmadineyad- sufrieron, como responsables de rango medio, los padecimientos de la larga y cruenta guerra fronteriza con Irak (1980-1988) y sobrevivieron a la misma, hasta escalar posiciones a través de ese complejo entramado de alianzas, falsas amistades y vínculos familiares que es la cúpula del poder en Irán. Conscientes de que el sistema comienza a dar signos evidentes de agotamiento, propugnan una evolución económica y política; que todo cambie sin cambiar, frente a la necesidad de cerrarlo más, de endurecerlo y aislarlo que defiende la vieja guardia ultraordotoxa.

En medio, como árbitro de la contienda, se sitúa el líder supremo de la Revolución, cuyo poder es omnímodo. Alí Jameneí, experto en navegar en aguas tumultuosas desde que en los prolegómenos de la revolución se sumara al círculo más íntimo del gran ayatolá Jomeini, ha coqueteado en los últimos años con ambas facciones, aunque desde hace meses parece más proclive a favorecer las tesis tradicionalistas que a fomentar las ambiciones de los pragmáticos, una vez sepultados los reformistas. La resurrección de los conservadores se remonta al año 2003, fecha en la que recuperaron el poder municipal, hasta entonces en manos de los aperturistas. Aquellos comicios fueron, además, la primera ocasión en que se pudieron vislumbrar los indicios de la amplia fisura que se abría en las filas conservadoras; un atisbo de brecha que, sin embargo, fue sagazmente ocultada argumentando la necesidad de hacer frente al enemigo común, encarnado en el movimiento reformador abanderado por Jatamí. La sección más tradicional y reaccionaria boicoteó el sufragio y la victoria sonrió a la generación emergente, con Ahmadineyad, entonces alcalde de Teherán, como adalid y emblema. La tendencia prosiguió en las elecciones parlamentarias de 2004 y se consagró en las presidenciales de 2005 con la ya entonces discutida elección del propio Ahmadineyad, cuya victoria fue tachada de fraudulenta. Durante los siguientes cuatro años, el nuevo mandatario se ganó el corazón de los estratos más desfavorecidos de la sociedad con medidas tan populistas como ineficaces, y la fama de duro y beligerante entre la casta clerical, a la que concedió beneficios e hizo guiños en cuestiones relacionadas como la moralidad y el orgullo revolucionario, con la recuperación del controvertido programa nuclear o su belicosidad verbal y prepotente en las relaciones exteriores. Pero también le generó las primeras insidias y el recelo de figuras del régimen como el poderoso ex presidente Ali Akbar Hashemi Rafsanayaní, al que derrotó en las urnas. Además, le sirvieron para atraer a la capital a un grupo de acólitos que le acompañaron durante sus años de gobernador en la conflictiva provincia de Ardabil, fronteriza con Irak-, y para favorecer el ascenso de una nueva generación de responsables -muchos de ellos salidos de la propia Guardia Revolucionaria-, a los que repartió gran parte de los recursos del Estado, a través de una ladina política de privatizaciones y clientelismo que poco a poco comenzó a arrinconar a la vieja guardia, tanto tradicional como reformista.

Paradójicamente, las elecciones presidenciales de 2009 supusieron el fin de la unidad estratégica de los conservadores. Finiquitado el objetivo compartido de arrasar el “movimiento reformista verde”, el plan propuesto por el reelecto presidente Ahmadineyad para suprimir los arraigados subsidios estatales a productos básicos como los combustibles, la electricidad, el agua o ciertos alimentos, desató las hostilidades. A la medida, que atacaba uno de los principios de la revolución -en uno de sus primeros discursos tras el regreso del exilio, Jomeini prometió que los iraníes jamás volverían a pagar por su petróleo- se opuso con firmeza el Parlamento con su presidente, Alí Lariyaní, uno de los políticos más influyentes del país, a la cabeza. Tras meses de agria polémica y vetos, el proyecto político económico estrella del mandatario fue aprobado en la Cámara gracias a la intervención directa del líder supremo. Fue la última vez -hasta la fecha- en que Jameneí ejerció su poder casi absoluto en defensa del mandatario. La máxima autoridad ya había comprometido parte de su figura al bendecir el amaño urdido por el ministerio de Interior antes incluso de que, en medio de las multitudinarias protestas y la cruel violencia, el Consejo de Guardianes certificara la falaz reelección. Sin embargo, y a ojos del líder, el presidente y su círculo habían comenzado a pisar algunas de las líneas más sagradas.

La primera evidencia de que la sintonía entre ambos comenzaba a desentonar surgió tras la fallida destitución del ministro de Inteligencia, Haydar Moslehi, un clérigo cercano a Jameneí y enemigo acérrimo y declarado de Ahmadineyad. El líder obligó a que el ministro fuera reintegrado en el gabinete y el mandatario retó su autoridad al desaparecer durante nueve días de la escena pública, y obviar su presencia en dos consejos de ministros. El mar de fondo de este pulso, aún vivo, es el equilibrio de la balanza de poder que representa la fórmula “república islámica”. En la última década, dos tesis políticas se han convertido en objeto dominante de debate. La primera, amparada por reformistas como Jatamí y tradicionalistas pragmáticos como el propio Rafsanyaní, aboga por reducir las atribuciones del líder supremo -al que elige un consejo de sabios- y multiplicar el poder del presidente, que emerge de las urnas. Es decir, más revolucionario y menos islámico. La segunda, abanderada por el propio Jameneí, por altos cargos de la Guardia Revolucionaria, ayatolás ultraconservadores -muchos de ellos miembros del Consejo de Guardianes, la Judicatura y otros órganos como el Consejo de Determinación-, además de otras facciones que han ganado influencia municipal y parlamentaria en los últimos años, defiende la vía contraria: desnudar la presidencia hasta convertirla en la oficina de un mero primer ministro supeditado a las órdenes del líder supremo. En este contexto, el discurso pronunciado por Jameneí el pasado mes de octubre en la provincia de Kermanshah se llena de significado: ante miles de seguidores, advirtió que, pese a que el actual sistema presidencial le parecía un método “bueno y efectivo”, existía la posibilidad que “si un día, probablemente en el futuro lejano, se percibe que el sistema parlamentario es más apropiado para la elección de responsables con poder ejecutivo, no habrá problema para trocar la actual estructura”.

Expertos internacionales y analistas internos coinciden en opinar que el grado de animadversión al que ha llegado el enfrentamiento ha cercenado las aspiraciones de Ahmadineyad y su círculo de cara a las cruciales elecciones parlamentarias de 2012. El presidente, que hizo de la honestidad su bandera durante la campaña del 2009, se ha visto, además, salpicado en los últimos meses por varios escándalos de corrupción en los que se han visto envueltos algunos de sus escuderos, como el vicepresidente primero, Mohamad Reza Rahimi o su jefe de Gabinete, Esfandiar Rahim Mashaí. Ambos han sido acusados. igualmente, de “desviacionistas” por la casta religiosa, que teme que el presidente y sus aliados tratan de socavar la preeminencia de los clérigos en la política a través del fomento del nacionalismo pre-islámico. Los analistas apuntan que estos escándalos no habrían podido salir a la luz sin el beneplácito del líder. “Ahmadineyad y su círculo están decidido a ganar las próximas elecciones, mientras que quienes están a lado de Jamenei tratan de evitarlo. Esa es la principal razón por la que el escándalo ha sido hecho público”, explicaba días atrás a la agencia Reuters un experto local identificado como Sabre Lavasani. “Tal como está la economía del país, quién va a votar a aquellos que están ligados al escándalo”, se preguntaba.

El plan para la supresión de los subsidios, unido a las sanciones internacionales y al declive de las obsoletas infraestructuras petroleras -que cada vez encarecen más la extracción del oro negro- han debilitado en los últimos años la ya de por sí endeble economía iraní. “La línea roja para el líder supremo es la economía… cuanto mayor sea la presión económica sobre la población, menor será el apoyo al régimen. Y su objetivo es preservarlo”, razona, por su parte, el analista Farid Farahsavi. Para este profesor universitario, todo se enmarca en una ardua partida de ajedrez que tiene como horizonte las elecciones presidenciales de 2003. “Es como un dominó… la victoria en las parlamentarias allanará el camino hacia la presidencia”, coincide un miembro de la oposición política en el exilio.

De acuerdo con la Constitución, Ahmadineyad no puede optar a un tercer mandato. Durante años se ha barajado la posibilidad de que pudiera ser sucedido por el propio Mashai, una opción que cada vez se antoja más ontana. Otros nombres, como los conservadores Mohamad Bagher Qalibaf, actual alcalde de Teherán y ex alto mando de la Guardia Revolucionaria, y Ali Lariyaní, hombre muy cercano al líder y hermano del ayatolá Sadeq Lariyaní, jefe del Poder Judicial, que también ha criticado con dureza la corrupción, suenan igualmente como posibles aspirantes, ya que tienen tras de sí importantes familias políticas. Sin embargo, en los últimos meses se ha abierto una tercera y inesperada vía: la del actual ministro de Asuntos Exteriores, Alí Akbar Salehí. Doctor en ingeniería nuclear, Salehí ha pasado la mayor parte de su vida alejado del viciado aires de la política iraní. Jefe del programa nuclear durante la presidencia tanto del reformista Jatamí como del propio Ahmadineyad, disfruta de una buena imagen internacional, tanto en Oriente como en Occidente, forjada durante sus años al frente de la Agencia iraní de la Energía Atómica y de la vicesecretaria general de la Organización para la Cooperación Islámica. Con fama de conciliador y eficaz, podría ser la opción elegida por el líder para atajar la rivalidad y neutralizar las ambiciones de las familias conservadoras. “Las tensiones entre las facciones en la República Islámica aún son grandes, pero los responsables conservadores claves ya han aceptado el papel central del líder supremo. A medio y corto plazo, todo apunta a que la política interna iraní mantendrá su status quo”, augura Reza Marashi, director de investigaciones en el Consejo Nacional iranio-estadounidense. FIN

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s