La dama siria

El 17 de marzo de 2011, en pleno asedio de las tropas libias sobre la ciudad rebelde de Benghazi, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 1973 que impuso una zona de exclusión aérea sobre el país y autorizó el uso “de todas las medidas necesarias”, a excepción de la fuerza de ocupación, para supuestamente proteger a la población civil. Los bombardeos de la OTAN que se desprendieron de esta decisión cambiaron el curso del alzamiento, sentaron las bases para la guerra civil y facilitaron la caída del dictatorial régimen liderado por Muamar Gaddafi, que hasta entonces parecía controlar el país y la revuelta, pese a las continuas y diarias bajas. La intervención exterior resultó vital para el devenir del conflicto y la suerte del tirano: propició que los rebeldes aseguraran el control de Benghazi, la segunda ciudad en importancia del país, hecho que les permitió avanzar en la coordinación de las múltiples milicias, unificar la acción de las distintas corrientes opositoras y formar un gobierno paralelo, devenido en la alternativa y el interlocutor que necesitaba la comunidad internacional.

Casi un año después, existen mínimas posibilidades de que un texto similar sea aprobado para Siria en un futuro próximo por el Consejo de Seguridad, pese a los deseos de una gran parte de la oposición al régimen de Bachar al-Asad. China, y en particular Rusia, se oponen firmemente a cualquier tipo de intervención armada en un país clave para el futuro de la región. Moscú ha exigido, incluso, que se retire de la misma un plan propuesto por la Liga Árabe y apoyado por las principales potencias occidentales, similar al impuesto en Yemen y que exige la renuncia del presidente, la entrega del poder a su mano derecha, la formación de un especie de gobierno interino y la celebración de elecciones en un plazo inferior a un año. La alternativa es un insulso documento que solo servirá para perpetuar el sangriento impasse en el que se haya sumido un estado donde la violencia y la represión han segado la vida de más de cinco mil personas en casi once meses de protestas. Pese al oxígeno insuflado por el gobierno de Vladimir Putin, cada vez parece más evidente que la dinastía alawí y su oscura autocracia están sentenciadas, pero queda por saber cuánto durará su agonía y cuantas vidas más se perderán durante la misma. Como apunta el profesor y analista sirio Yazid Sayigh, el régimen es consciente de que no puede ganar, pero tiene aún medios e instrumentos suficientes para resistir y prolongar el trance. “Esta es la segunda vez en varios meses que la crisis siria parece avanzar rápidamente hacia un punto crítico arrastrada por el ímpetu de la combinación de muchos de los mismos elementos (…) Pero aún no se puede esperar un cambio drástico de forma inminente. El régimen tiene aún a su disposición suficiente capacidad de resistencia y recursos -sociales, económicos, y en particular coercitivos- para posponer su caída, pese a que no pueda derrotar a la oposición”, afirma.

Las razones son varias, tanto externas como internas. En el plano de la lucha armada, los rebeldes han conseguido progresar en los últimos dos meses y abrir nuevos frentes. Y aunque todavía no ha logrado ninguna victoria significativa, día a día exigen a la elite militar que protege al régimen más denuedo y mayores recursos para poder controlar las principales ciudades. Fuentes de la oposición confirmaron semanas atrás a este periodista en Damasco que Al Asad no ha desplegado aún toda la potencia de su maquinaria bélico-represiva, pero que a medida que se dilata el enfrentamiento se ve obligado a movilizar más soldados y a recurrir a armas más poderosas. A este respecto, Rusia, principal proveedor de armamento a Siria junto a Irán, es todavía un aliado fundamental para el mandatario. Los sublevados han logrado, además, atrincherarse en algunos de los barrios más populosos y populares de la periferia de Damasco, paso que ha colocado la violencia en el dintel de la hasta la fecha tranquila capital. Sin embargo, carecen de una base sólida en el interior del país -como lo fue Benghazi para los alzados libios- que les permita unificarse, coordinar la acciones de los distintos grupos y ofrecer un refugio seguro para todos aquellos que se avengan a correr el riesgo de desertar o unirse abiertamente a las filas de la oposición. El denominado “Ejército Libre Sirio”, que supuestamente lleva el peso de las operaciones militares- mantiene aún su puesto de mando en Turquía. Y aunque ha consolidado posiciones en amplias zonas del Kurdistán sirio, puntos de la frontera septentrional con Irak, la línea divisoria con el norte del Líbano y los bastiones centrales de Hama y Homs, la ausencia de una “capital rebelde” en el interior del territorio nacional le resta capacidad operativa efectiva en todo el país. Por su parte, el Consejo Nacional Sirio (CNS) -paraguas que agrupa a las diferentes facciones en el exilio y en el que una de las fuerzas dominadoras la constituyen los Hermanos Musulmanes- no ha logrado tampoco el reconocimiento internacional, aunque ha emprendido el diálogo tanto con la Liga Árabe como con actores de peso internacionales, como Estados Unidos y el Reino Unido. Ni siquiera ha sido capaz de atraer a su seno al denominado Comité de Coordinación Nacional (CCN), compuesto por opositores en el interior y que incluso se ha avenido a conversar con el Gobierno, ni a otros grupos diversos de oposición a un régimen que aún se siente fuerte gracias a los apoyos internacionales que aún le restan.

El entorno de Al Asad, por su parte, parece haber aprendido la lección libia y centra su estrategia bélica en impedir que los alzados conquisten una de las grandes urbes. Además de mantener la ficción de que se respeta el plan propuesto por la misión observadora de la Liga Árabe, le faculta para comprar tiempo. Cuanto más se alargue la actual coyuntura, más espacio cree tener para desprestigiar a los opositores, poner de relieve su división, fomentarla y espolear un supuesto programa edulcorado de reformas, en un postremo intento por sobrevivir. Aunque las noticias de masacres y bombardeos se desgranan a diario en la prensa internacional, expertos calculan que el régimen aún cuenta con el respaldo de más de la mitad de la población -o al menos, hay una gran cantidad que aún no se decanta y prefiere mantenerse al margen, sobreviviendo como puede. En la misma línea, el actual punto muerto contribuye a frenar el rápido deterioro de la economía nacional. Aunque el crecimiento de los años previos ha quedado cercenado y las líneas financieras se han visto afectadas, los grandes inversionistas y comerciantes permanecen aún a la expectativa y todavía no han abandonado a la cúpula gobernante.

En cuanto a las causas exteriores, la estratégica posición de Siria y las complejas relaciones regionales e internacionales, evitan una acción directa como la que acabó con la autocracia de Gaddafi. El régimen de Damasco constituye el nudo gordiano de un eje que vincula a Irán con el grupo chií libanés Hizbulah -en el poder en Beirut- y el movimiento de resistencia palestino Hamas, todos ellos enemigos acérrimos de Israel. Su eventual desaparición dejaría a la dictadura teocrática iraní huérfana de aliados en la zona, complicaría su comercio de armas y la ayuda financiera que presta tanto a la organización palestina como a su socio libanés, además de colocarle a merced de su otro gran adversario en la región: Arabia Saudí. Una situación que Teherán -y sus acólitos- no están dispuestos a que suceda sin antes luchar, e incendiar la región si es preciso. En las últimas horas, el grupo chií -que esta la fecha había guardado un denso silencio-, se ha apuntado a una pira que -por razones, sobre todo, internas- el gobierno de los Ayatolá parece querer provocar. Un miembro del citado grupo ha hablado ya de forma abierta de un eventual y nuevo enfrentamiento entre la resistencia islámica -brazo armado de Hizbulá- e Israel, conflicto que probablemente desataría una espiral de violencia en una región más convulsionada de lo habitual. La teocracia persa, por su parte, teme que la caída de la minoría chií-alawí en Siria favorezca la ascensión de un gobierno suní afín a Riad y abra las puertas del Líbano a la dinastía Al Saud, con la que libra desde la pasada década de los ochenta una enconado pulso por influir en Oriente Medio. Desde que Siria e Irán decidieran en 1987 aunar políticas para neutralizar las ambiciones del Irak de Sadam Husein, el reino wahabí se ha erigido, también, en el principal rival de Damasco en la Liga Arabe. Arabia Saudí -dictadura aliada de Occidente en la región- ha sido, precisamente, el promotor en el seno de esta organización regional de un fallido plan de paz -que incluía una misión de observadores-, de la imposición de unas inusuales sanciones económicas -que los principales países vecinos son reticentes a respetar- y de la solución a la yemení finalmente vetada por Rusia en la ONU. Demasiados intereses en torno a la dama en el “Gran Juego” de Medio Oriente. FIN

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2 pensamientos en “La dama siria

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