Elecciones en Libia: una democracia inaudita

El próximo 7 de julio, apenas nueve meses después de que el líder libio Muamar Gadafi fuera derrocado y asesinado en una suerte de vendetta nacional, y tres semanas más tarde de lo inicialmente previsto, millones de sus conciudadanos se acercarán por primera vez a las urnas en un ejercicio de democracia inaudito. Ausentes durante más de 42 años de la vida política, los libios deberán ahora elegir una Asamblea Nacional (Congreso Nacional General, CNG) integrada por 200 miembros, cuya principal misión será elegir un nuevo gobierno que sustituya al actual Consejo Nacional de Transición (CNT), redactar una Constitución y convocar un referéndum nacional para aprobarla. Una vez culminado este proceso, los libios retornarán a las urnas para elegir a su nuevo presidente.

Los comicios significarán un primer y esencial hito en un proceso de transición política plagado de densas sombras. Cuestiones como la cantidad de armas que acumulan las distintas milicias, las frecuentes escaramuzas en los lugares donde arraigó la resistencia gadafista, el recuerdo recurrente del federalismo y el creciente peso de grupos islamistas moderados y salafíes proyectan incertidumbre y desasosiego, no solo en el país, sino también en sus vecinos y en el resto de la comunidad internacional. Con el escepticismo que rezuma el proceso en Túnez, y los recelos que despierta la procelosa transición en Egipto, un eventual retroceso en Libia sembraría más dudas sobre las opciones de éxito del denominado segundo despertar de los árabes. “Pese a los múltiples advertencias de los analistas externos, las perspectivas de que se produzca un brote de violencia entre las milicias y el estado parecen escasas durante el voto”, asegura el experto norteamericano, Frederic Wehrey. “De momento, ambas cuestiones han quedado al margen: las reclamaciones de autonomía apenas han avanzado y la violencia se limita a las áreas periféricas, en particular en las montañas del oeste y las fronteras sur”, explica en un reciente artículo.

Su optimismo y el de otros expertos procede de la ilusión con la que los ciudadanos libios han abrazado la libertad y el pluralismo. En apenas un año de experiencia democrática, 142 partidos políticos de diverso cuño se han registrado en el país y unos 3.700 candidatos se presentan como aspirantes a uno de los 200 escaños. De ellos, unos 1.200 se agrupan en lo que se podría considerar “nuevo oficialismo” mientras que el resto concurren como independientes. Además, y de acuerdo con la Comisión Electoral, en torno al 80 por ciento de los ciudadanos con derecho a sufragio se han inscrito en el censo que concede derecho a votar. Las dudas residen, sin embargo, en episodios como la reciente decisión de una brigada de asaltar uno de los aeropuertos de la capital para conocer el destino de su desaparecido líder -un antiguo oficial de gadafista que desertó en los primeros días- o el arresto de los miembros de la Corte Penal Internacional (CPI), detenidos durante semanas tras visitar en prisión a Saif al-Islam, el hijo más belicoso del tirano caído. Analistas e investigadores creen que la prolongada e irregular detención de Melinda Taylor y sus colegas, liberados el lunes tras casi un mes en manos de las poderosas milicias de Zintán, es una prueba más del caos político que reina en el país norteafricano. “En la Libia de hoy, el CNT carece del monopolio de la fuerza. Es más, es una plétora de milicias regionales la que controla en realidad el país. La explicación más plausible para las maniobras diplomáticas es que la autoridad de transición carece de poder para obligar a las milicias de Zintan a que la liberen, al tiempo que trata de sacar un partido populista a la situación”, escribía días antes de su liberación Jason Pack, investigador del Departamento de Historia de Oriente Medio en la Universidad de Cambridge. “El CNT está claramente atrapado en una guerra total por el poder con las milicias, lo que supone un precedente negativo a la hora de forjar una relación de trabajo entre las milicias y el nuevo gobierno que salga de las urnas”, agregaba.

Un segundo foco de inquietud reside en la complejidad del sistema electoral establecido, confuso, proclive al amaño y con un acusado cariz regionalista. Durante la jornada de votación, más de 1.500 colegios serán habilitados en los trece distritos electorales en los que ha quedado dividido el país. En todos ellos, solo podrá ser elegido un candidato por partido. Pero mientras que en algunos los libios deberán optar por uno de los miembros de una lista presentada por cada formación, en el resto esos mismos partidos solo podrán colocar el nombre de un único candidato. Además, y según la nueva ley, de los 200 asientos de la futura cámara, 60 quedan reservados para la región este de Libia (Cirenaica), 102 para la región oeste (Tripolitania), incluida la capital Trípoli, mientras que los 38 restantes se repartirán entre las regiones menos pobladas del sur del país. Un reparto considerado injusto por diversos grupos orientales y que llevó la semana pasada centenares de personas armadas a manifestarse frente a la sede del Comisión Electoral en Benghazi y Tobrouk, a asaltar sus dependencias, destruir numerosas urnas e instar al boicot de los comicios. La nueva algarada ha inducido a varias organizaciones a expresar su temor a que un estallido de la violencia obligue a posponer por segunda vez las inciertas elecciones legislativas del sábado y quiebre la frágil transición libia, que de momento no parece tener un destacado ganador. “Dado que no existen encuestas fiables, resulta imposible predecir cual será el resultado”, explica Wehrey. “Pero a la vista de la campaña electoral, las afinidades personales, los intereses regionales, los lazos étnicos y los vínculos económicos prevalecerán sobre las ideologías y las agendas de los grandes partidos”, argumenta.

Aún así, todo apunta a que la batalla electoral del 7 de julio en Libia será similar a la que han librado en Túnez y Egipto los grupos islamistas moderados y las fuerzas liberales y laicas, que en ambos estados han quedado relegadas. La bandera de la religión la enarbola en Libia el Partido de la Justicia y la Construcción (PJC), ideológicamente afín a los Hermanos Musulmanes egipcios. Fundado en marzo de 2012, está liderado por Muhammad Sawan, un islamista que sufrió persecución presidio durante la satrapía de Gadafi. Su debut en la escena política fue prometedor: en las elecciones municipales celebradas meses atrás en Benghazi se adjudicó el 48 por ciento de los sufragios, pese a que la capital de la rebelde Cirenaica siempre ha presumido de ser más abierta y liberal. A su vera, el Partido de la Patria Libia (PPL) descolla como la segunda fuerza islamista en el país. Dirigido por el extremista reconvertido Abdel Hakim Belhaj, aboga por un islamismo más conservador y beligerante. Belhaj fue la figura militar detrás de la conquista de Trípoli y controla las fuerzas armadas en la capital y las provincias circundantes, a excepción de Zintan y Misrata. Hombre fuerte en el seno de los servicios de Seguridad e Inteligencia del Estado, su pasado proyecta amargos temores. Durante los años de la dictadura, fue uno de los jefes del Grupo de Combate Islámico en Libia (GCIL), al que se vinculó con la red terrorista internacional Al Qaida.

En la misma línea ideológica se sitúan la Plataforma Nacional para la Libertad, la Justicia y el Desarrollo (PNLJD) y el partido del Centro de la Umma (PCU). El primero está liderado por el clérigo Ali As-Sallabi y mantiene estrechos lazos con el famoso ulema Yusuf al-Qadarawi, gurú del islamismo más comprometido. Proclive al modelo turco, As-Sallabi se define como nacionalista libio antes que como islamista moderado y aboga por un sistema con instrumentos democráticos que conjugue el islam y las libertades. En su opinión, la actual autoridad de transición es “demasiado laica”. El segundo es otra de las vertientes del salafismo libio, y en su seno se refugian antiguos activistas del GCIL.

En el otro lado del cuadrilátero, luchan por entrar en la nueva entidad democrática formaciones tan heterogéneas como el Partido de Frente Nacional (PFN), sucesor del que durante años fuera el principal grupo de oposición política a Gadafi; la Alianza de Fuerzas Nacionales (AFN), en la que se incluye gran parte de la sociedad civil; la nacionalista Unión de Patriotas (UP) y el Partido de la Cumbre, asentado en Trípoli y principal rival de Belhaj, al que acusa de extremista. El PFN aparece como el más estructurado y el más experimentado de los tres, pero cuenta con una lacra que puede jugar en su contra. Algunos expertos apuntan a que sus lazos con Estados Unidos y el Reino Unido durante los años de oposición en el exilio pueden pasar factura a su líder, Ibrahim Abdel Aziz Sahad, un antiguo piloto bien relacionado en los círculos de la diplomacia internacional. El AFN cuenta, por su parte, con el crédito que le proporciona Mahmud Jibril, quien fuera el jefe del primer gobierno establecido en el país tras la caída y muerte de Gadafi. Criticado por muchas de las milicias, pero reconocido en el exterior, Jibril defiende la integridad territorial del país, la descentralización del gobierno, la reforma de la economía y la necesidad de que impere un estado de derecho.

Todos ellos resumen los retos a los que se enfrenta una Libia dividida que no ha sido capaz, en nueve meses, de atajar el que se considera el mayor de sus peligros. Huidas las fuerzas de Gadafi, sus bien dotados arsenales quedaron expuestos al pillaje indiscriminado de las milicias. Peter Bouckaert, director de Emergencias de Human Rights Watch, calculaba en septiembre de 2011 que decenas de miles de armas ligeras, lanzagranadas y misiles habían sido saqueados en la primera semana de guerra. Una parte de ellas emprendieron camino al sur y están ahora en manos de los rebeldes malienses que se han independizado en el norte de ese país. El resto, relucen en las armerías de las tribus y de las milicias, preparadas para ser usadas. “El problema no son solo las armas, sino las ambiciones tribales en un país sin un fuerte sentimiento de identidad nacional. Aunque Gadafi trató de forjarlo, sus políticas de división, tendentes a que ningún grupo le pudiera hacer sombra, son ahora una herencia envenenada”, explica el investigador libio Husein Abdel Hamid. De vuelta en el país tras años de exilio en Europa, cree que el federalismo que tibiamente ha comenzado a reverdecer a través del Consejo de Transición de la Cirenaica -que anima Ahmad Zubayr al-Senussi, uno de los nietos de Idris al-Senussi, el monarca derrocado por Gadafi-, los tenues llamamientos a la independencia llegados de las provincias del sur y el creciente poder de las milicias en el oeste, junto a las discrepancias sobre la aplicación de la Sharía o ley islámica, marcarán el futuro del país. “Además, existe la posibilidad de que algunos de los grupos se radicalice y apueste por la violencia estilo Al Qaida, lo que multiplicaría la inestabilidad, agudizaría las diferencias y obstaculizaría la transición”, advierte. De la misma opinión es Wehrey, quien considera que el principal peligro no procede de los clanes árabes o tuareg que lucha en las zonas del sur o en la frontera con Argelia, sino de la posibilidad de que “Al Qaida en el Magreb Islámico (AQMI) trate de explotar el incipiente descontento étnico, la criminalidad y la debilidad del estado para establecerse”.

A más largo plazo, los expertos ven como principal amenaza una posible balcanización violenta del país, si el proceso de transición no se consolida. El federalismo ya fue una realidad en Libia en 1951, aunque el experimento duró apenas doce años. Acosado pro las protestas populares, el rey volvió a unir bajo un mismo gobierno la Cirenáica, la Tripolitania y la región sureña de Fezzan. La decisión creó un enorme malestar en los habitantes del este, que tradicionalmente se han sentido marginados. Un sentimiento que se agudizó con el golpe de Estado de Gadafi y se agravó durante los 42 años de dictadura. Benghazi devino en la médula de la oposición al nuevo régimen y con el tiempo se convirtió en el germen de la sublevación que acabó con el coronel, además del escenario de su última y brutal represión. Amarrado su sueño, parece que los cirenaicos no están dispuestos a ceder los frutos de la victoria. “La población no quiere que el estado se rompa. Pero tampoco están dispuestos a regresar al centralismo del pasado. Libia necesita hallar un término medio que le haga feliz”, asegura Wehrey. Una tarea que, a partir de la próxima semana, recaerá en los hombros de un puñado de hombres (y mujeres) neófitos en una democracia neonata, frágil, vital y dependiente como cualquier sietemesino. FIN

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Un pensamiento en “Elecciones en Libia: una democracia inaudita

  1. Estupendo, tocayo. Tengo la intuición de que, por paradójico que parezca, lo de Libia es lo que mejor va. En relación, por supuesto, a las expectativas. J. Valenzuela

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