Chavez y la alfombra persa

“Pese a las distancias, las afinidades entre Irán y Latinoamérica han contribuido al acercamiento entre nuestras naciones… nuestra lucha por la libertad fue exitosa y animó a otros países a levantarse contra el imperialismo”.

Mahmud Ahmadineyad, noviembre 2004

Protegido por la intimidad de un chalé en el norte de Teherán, un diplomático latinoamericano rememoraba divertido el primer encuentro entre el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y su colega iraní, Mahmud Ahmadineyad, ante un grupo de extranjeros que nos habíamos reunido con la excusa de disfrutar de una barbacoa. El sol caía a plomo sobre las montañas de Alborz y la cerveza animaba y distendía la conversación, impelida por la fascinación de lo prohibido. Los dos hombres, recordó, cruzaron sus destinos por vez primera una fría tarde de otoño de 2004 en el parque Gofto-Gu (diálogo, en persa) durante la ceremonia de inauguración de una estatua en honor a Simón Bolívar, y desde el primer instante sintieron una afinidad intelectual mutua. En aquellos lejanos días, Ahmadineyad no era más que el exitoso alcalde de la capital iraní, y Chávez un militar transido en político que se reponía de un golpe de Estado fallido y ya soñaba con liderar la revolución internacional de los “países oprimidos”. “Chávez siempre recordaba divertido que alguien le susurró entonces que aquel hombrecillo que tan buena impresión le había causado sería el próximo presidente de Irán y que ambos tenían mucho en común”, evocaba el diplomático.

 Chavez y Ahmadineyad bromean sobre EEUU

Casi un año después, y para pasmo de la comunidad internacional, que apenas conocía nada del estrambótico regidor persa, la predicción se cumplió y ambos mandatarios iniciaron un periplo fraternal que en palabras del propio Ahmadineyad no solo les convirtió en socios contra el “imperialismo norteamericano”, sino también “en algo más que amigos, hermanos”. Unidos por unas profundas convicciones religiosas y cierto halo de mesianismo compartido, ambos mandatarios hallaron en su común hostilidad a Estados Unidos y en su denuncia del nuevo colonialismo la senda en la que aunar ambiciones compartidas. Enfrentado a la comunidad internacional y tocado por las sanciones económicas impuestas a causa de su caliginoso programa nuclear, Irán entendió enseguida que una relación estrecha con Venezuela podía contribuir a sortear el bloqueo financiero y abrirle la puerta de Iberoamérica. Y así fue. En el último lustro, el intercambio comercial entre ambos estados se ha multiplicado de forma aritmética, hasta superar los 5.000 millones de dólares anuales. Empresas iraníes han instalado en Venezuela una fabrica de automóviles conjunta, construyen miles de viviendas sociales y gestionan con capital mixto más de 26 plantas agroalimentarias. En 2006, ambos estados emprendieron una programa de cooperación militar que permitió el desembarco de miembros de la Guardia Revolucionaria, cuerpo de elite del régimen iraní, en territorio bolivariano y pusieron en marcha un polémico vuelo entre Caracas y Teherán, con parada técnica en Damasco, que se ha mantenido activo –y vigilado- durante años, pese a las pérdidas millonarias que en términos de pasaje suponía cada despegue (poco se sabe de la carga de sus bodegas). Tres años más tarde fundaron un banco bi-nacional con más de 2.000 millones de dólares de capital para financiar el intercambio bilateral y eludir así la presión internacional.

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Compañías venezolanas como PDVSA –después sancionada por Estados Unidos- ganaron proyectos de explotación y gestión petrolera en Irán,  en particular en el yacimiento de “South Pars”, una inmensa bolsa de gas escondida bajo el lecho marino en el golfo Pérsico. En octubre de 2010, durante una de las últimas visitas de Chávez a Teherán, ambos países firmaron un memorando de entendimiento para establecer una sociedad conjunta de transporte marítimo de crudo que busca facilitar a Caracas la venta más de medio millón de barriles de petróleo en mercados de Europa y Asia. La cooperación energética –que se remonta a 1960, año en el que Venezuela e Irán, junto a Arabia Saudí, Irak y Kuwait fundaron la OPEP- fue la punta de lanza del proyecto anti-imperialista, que se ha desarrollado en el marco de la organización de los Países No Alineados y otras asociaciones regionales, como el ALBA, y que ha prendido con fuerza, en especial en Sudamérica. Bajo el influjo de Chávez, la alfombra persa se ha extendido a los pies de otros líderes de la región, como Evo Morales, Daniel Ortega o Rafael Correa, que se han sumado con entusiasmo al eje antiimperialista al tiempo que han ampliado sus negocios con la República Islámica.

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Incluso el propio Luiz Inacio Lula da Silva sucumbió a los encantos de la llamada “Alianza por la Justicia” mundial en la que también aparecía Fidel Castro. La llegada al poder en 2011 de Dilma Roussef supuso el primer revés para esta política que se enmarca en el denominado eje sur-sur y en la que ahora se trata de implicar más a países como Egipto, Siria, Argelia, Libia, Túnez. Gadafi colocó su famosa jaima en Isla Margarita en 2009, durante la II cumbre Sudamérica-África y Bachar al Asad compartió mesa con Chávez antes de descubrir su cara de dictador disimulado. Pero Mubarak y Ben Ali marcaron distancias, temerosos de embarrar su interesada relación con Washington. Caídos ambos en desgracia, Venezuela e Irán buscan ahora explotar en su favor las afinidades que hallan en las políticas de grupos islamistas como los Hermanos Musulmanes o An Nahda, pese a que la distancia geoestratégica es aún dilatada.

La muerte de Chávez y la inminente salida del poder de Ahmadineyad, que no puede presentarse a la reelección el próximo junio, abren un abanico de incógnitas sobre el futuro de esta privilegiada relación. El último servicio de Chávez a su compañero del alma persa ha sido la reconducción de las relaciones con Argentina, rotas desde el mortal atentado contra un centro judío de Buenos Aires en 1994 atribuido a los servicios secretos iraníes. Un informe detallado entregado por el Consejo Nacional de la Revolución Iraní –principal plataforma de oposición en el exilio- al congreso norteamericano permitió identificar a suicida –Ibrahim Hussein Berro- y establecer lazos con el ministerio iraní de Inteligencia e incluso con el entonces presidente del país, Ali Akbar Hasemi Rafsanyani, sobre el que pesa un requerimiento internacional. Sin embargo, las imprecisiones en la investigación de los hechos y la extraña desaparición de alguna de las pruebas han empantanado el proceso, hasta llevarlo a un punto muerto. El pasado febrero, y en un giro copernicano de la tradicional política argentina, la presidenta Cristina Fernández anunció un principio de acuerdo que permitirá cerrar el caso, al parecer a cambio de una relación comercial más fluida y una compensación secreta. En el acercamiento ha desempeñado un papel decisivo el presidente interino Nicolás Maduro, ex ministro de Asuntos Exteriores y tutor de la geoestrategia chavista. En este sentido, parece que el nuevo hombre fuerte de Venezuela no tiene intención de dar un golpe de timón en la vertiente internacional, pese a los cantos de sirena que comienzan a llegar desde Washington.
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Pocas dudas despierta también la estrategia iraní, pese a la incertidumbre que pende sobre los comicios presidenciales de junio. Las decisiones de política exterior de la República Islámica están en manos del líder supremo de la Revolución, ayatolá Ali Jameneí, cuyo poder es omnímodo. Aunque pragmático y ladino, el anciano clérigo concibe las relaciones internacionales como una lucha infinita contra lo que denomina “los estados acosadores”, y defiende el antiimperialismo como política de Estado. Chávez, acompañado del propio Maduro, visitaba su casa en el centro de Teherán en cada uno de sus numerosos viajes a Irán. Pero del contenido de esos encuentros, el dicharachero diplomático no soltaba prenda.

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