El augurio (sirio) de Gordias

Alto, fornido y con ese engañoso aplomo que concede el miedo cuando es la vida la que corre peligro, Ahmad Sahrar parecía uno más de los escasos fieles que aquella fría tarde de enero de 2012 se habían aventurado a rezar en el interior de la mezquita de los Omeyas de Damasco, una de las más bellas y emblemáticas del Islam. Hijo de un pequeño comerciante en la localidad de Duma, vecina a la capital, había sorteado puestos de control y patrullas de la policía para reunirse con un supuesto periodista occidental en el patio amarmolado del imperial edificio levantado en el año 705 por Yazid I sobre los restos de una catedral bizantina. Nada sabía de él más allá de una imperfecta descripción física y las palabras de confianza que le había transmitido un familiar que luchaba desde el exilio. “Creo que no es momento de discusiones. Lo esencial es expulsar al dictador y debemos centrarnos en ello. Ya habrá tiempo más tarde para solucionar otros problemas“, explicaba instantes después apoyado sobre uno de los pilares vecinos al mihrab. Hacía casi un año que la revuelta popular siria, azuzada por los éxitos de sus “hermanos” libios, egipcios y tunecinos, había prendido en el norte del país y destapado la faz más sanguinaria de una dictadura dominada por la soberbia. Los muertos comenzaban a hacinarse bajo los escombros, apilados en fosas comunes ahitas de viejas cuentas pendientes ahora cobradas y la bisoña oposición siria en el exilio, fragmentada, inexperta e incluso ajena a un país doliente, comenzaba a dar los primeros pasos hacia una unidad de mando que le permitiera eclipsar tres décadas de cruel dominio de la familia Al Asad. “Venceremos, no lo dudes. Costará sangre, quizá la mía propia, pero es el momento, nuestro momento, y lo debemos aprovechar. Nos merecemos un país mejor, más libre“, argumentaba con un punto de altanería. “Todos estamos de acuerdo en eso, y eso nos hará unirnos, sea cual sea nuestra ideología. Todos, religiosos, laicos, dentro y fuera del país ansiamos la libertad“, insistía.

Un año después, aquel anhelo libertario que Ahmad recitaba como una letanía sigue aún vivo en un pueblo condenado a la violencia, víctima casi por igual de un gobierno inmisericorde que apenas muestra síntomas de fisura, de una comunidad internacional deshonesta anclada en sus taimados intereses y de una oposición que pese a haber avanzado territorialmente en la denominada “liberación del país”, continúa lastrada por los mismos estorbos que condicionan su camino desde el primer grito de protesta: graves disensiones internas, falta de confianza exterior en su capacidad operativa, descoordinación, atomización y lejanía de la realidad sobre el terreno. Trampeado en extremo el frágil proceso político, la brecha es aún dilatada entre quienes combaten en las calles y aquellos que cabildean en pasillos enmoquetados, a los que se le recrimina que prosigan en Turquía, Europa, EEUU y otros países árabes y no se hayan trasladado aún a las “zonas liberadas” para coordinar la lucha armada y asumir la gestión administrativa de un área que según los expertos significa ya el 40 por ciento del territorio nacional y en el que malviven cerca de 10 millones de personas.  “La oposición siria permanece aún incomodamente suspendida entre el armazón representativo en el exilio, que ha fracasado a la hora de ofrecer un liderazgo efectivo, y la diversa mezcolanza de organizaciones locales en el interior de Siria, dinámicas y expansivas aunque problemáticas. Esto le impide establecer el suficiente control sobre el terreno para resolver sus  disfunciones“, explica Yezid Sayigh, doctor en estudios de Guerra en el King´s Colleage de Londres. “El verdedero dilema para la Coalición Nacional es que no puede esquivar de manera indefinida los retos a los que hace frente su liderazgo a no ser que se reubique en Siria“, subraya en su último trabajo, publicado por el think tank Carnegie Endowment for International Peace. De lo contrario, la perspectiva es más guerra y un estado fallido, diseccionado en dos entidades territoriales, una bajo el puño de hierro de una acorralada dinastía Al Asad y otro al albur de los diferentes grupos de oposición, en particular de los movimientos yihadistas, que se nutren y robustecen en la anarquía.

Es un juego perverso“, resalta un activista sirio afincado en El Líbano. “La oposición en exilio gana legitimidad en el exterior, pero no consigue arraigarse en el interior del país, donde son los comités locales, políticos y militares, los que ejercen el control“, agrega este opositor, que prefiere no ser identificado. Por su cercanía, estos comités ganan día a día autoridad entre la población, pero carecen de la legitimidad internacional -y de los recursos financieros que eso conlleva- como para aglutinar las diferentes tendencias y crear una estructura que cohesione las tierras liberadas, gestione la ayuda internacional, posponga las disidencias, unifique los diferentes frentes militares y enhebre una estructura de estado, fiable aunque imperfecta, como la que la oposición Libia logró hilvanar en Bengazi, clave para la posterior caída de la excéntrica dictadura de Muammar Qaddafi.

Las razones son múltiples, aunque el origen debe rastrearse en el corazón de un sistema dictatorial que, a lomos de una particular interpetración del socialismo árabe y sostenido por una retórica belicista, se ha esforzado durante más de tres décadas por destruir cualquier brote de sociedad civil y silenciar todo atisbo de crítica. Desde que en 1972 triunfara el golpe militar liderado por el coronel Hafez al-Asad, padre del actual mandatario, Siria está gobernada -oficialmente- por una coalición de partidos llamada Frente Nacional Progresista, que engloba diferentes corrientes políticas. En la práctica, sin embargo, todas ellas están sometidas al monopolio del partido árabe socialista Baaz, fundado por un sirio cristiano en la primera mitad del pasado siglo y que tuvo sus propias franquicias en otros países, como Irak. Datos no oficiales calculan que cerca de 2,2 millones de habitantes están afiliados a la formación, que dota de privilegios a sus seguidores y discrimina a todos los demás; pertenecer al Baaz o comulgar con sus ideas es condición obligatoria para ser funcionario del estado (se cree que hay cerca de 1,5 millones de funcionarios en siria) o miembro del Ejército (los datos más optimistas hablan de una fuerza cercana a las 250.000 unidades). Además, la mayor parte de sus cuadros de mando se alistan en la minoría alawi, que lidera el propio Al Asad y que los expertos estiman que está integrada por 2,5 millones de personas. El resto -amedentrado por un sistema brutal y represor- ha tenido que optar, durante años, por el conformismo, por el silencio o por empacar las maletas, rumbo al exilio. “Hablar con el régimen es necesario para hallar una salida al callejón. La oposición en el exilio comienza a darse cuenta, aunque sea tarde. Ahora solo falta que quienes meten mano en Siria desde el exterior también sean conscientes“, subraya Hamid, un opositor afincado en España desde la década de los setenta. “No se puede cometer el mismo error que en Irak, donde se arrasó toda estructura. Hay gente que purgar, pero otros son muy válidos. Si no, Siria se convertirá en otro estado fallido“, advierte.

El puño de acero con el que Hafez al-Asad gobernó el país durante casi tres décadas se relajó tenuemente a principios de siglo con la llegada de su hijo y sucesor, Bachar al-Asad. Consciente de que el sistema económico estaba agotado y necesitado de legitimidad popular para paliar las intrigas de un palacio que lo recibía como un extraño, el actual mandatario impuso una estrategia de apertura cuyo objetivo era superar años de estructura económica obsoleta, de tinte socialista, y adentrarse en la economía de mercado, aunque obviando reformas políticas o sociales. Asidos al crecimiento económico, Al Asad y la pléyade de jovenes tecnócratas que le acompañaban confiaban en que la rápida y superficial modernización del país actuaría de antídoto frente al incipiente descontento que cundía en la calle, pero también frente a las intrigas de la vieja guardia que flanqueó a su progenitor, contraria a las tesis del oftalmólogo llegado por casualidad desde Londres. Fue en aquel tiempo de grandes obras públicas, liberalismo económico y mercados colmados de productos extranjeros antes prohibidos cuando resurgieron también aquellos movimientos de disidencia política que su padre y sus acólitos tanto se habían esforzado en erradicar.

Durante aquella breve y fugaz “Primavera de Damasco”, ahora olvidada, emergieron grupos de oposición como el Forum Jamal Al-Atassi o el Partido Popular de Riad al-Turk, que ahora nutren las organziaciones de oposición laicas y liberales. A ellos se sumaron enseguida los Hermanos Musulmanes, asfixiados pero no destruidos pese a la masacre de Hama en 1982. Obligados a deambular en el exilio, aprovecharon la aparente laxitud del régimen para intentar resucitar las estructuras que el apodado “león de Damasco” había arruinado a golpe de látigo y mortero. Apenas tuvieron tiempo. Presionado por los elementos más radicales del régimen -que vieron en la forzada retirada siria del Líbano un síntoma de debilidad del nuevo presidente-, Al Asad ordenó que el brote opositor fuera cercenado -aunque no consiguió que la semilla pudiera ser extirpada. Muchos de los nuevos líderes hubieron de hacer las maletas, empujados como sus predecesores a un exilio que esta vez aprovecharon, sin embargo, para reavivar una disidencia estancada y algo marchita. Otros volvieron a optar por la tradicional clandestinidad, aunque ahora convencidos de que la segunda oportunidad no tardaría en presentarse.

Una revolución vírica

Los alzamientos en Túnez y en Egipto, unidos a la vetusta táctica del régimen de recurrir a la violencia para reprimir unas protestas que en principio no exigían su fin, si no un cambio politico y social similar al que propició la apertura económica a principios de siglo, facilitaron esa ocasión tanto tiempo soñada por toda la oposición, laica y religiosa. Sin embargo, apenas seis meses después de las primeras manifestaciones, la oposición era ya un monstruo de tres cabezas que se miraba en espejos distintos. La primera en aventurarse fue el Comité de Coordinación Nacional Para el Cambio Democrático, nacido en septiembre de 2011 de las cenizas de aquella fracasada primavera damascena. Integrada por trece grupos de izquierda, cuatro partidos kurdos y una pléyade de intelectuales laicos, su alma mater es Hussein Abdul Aziz, un abogado capitalino formado en el nasserismo y el nacionalismo árabe, al que se acusa de cercanía al régimen. Opuesta a la intervención de los países no árabes y favorable a una solución negociada con el actual gobierno, es la plataforma opositora que más presencia tiene sobre el terreno, aunque de momento carece del perfil y relevancia internacional necesaria para aglutinar al resto de fuerzas y liderar la rebelión. Secular en su concepto, junto a ella pueblan las trincheras otros grupos laicos más pequeños como Building the Syrian State, del activista y escritor exiliado Louai Hussein.

Dos meses después surgió la segunda y más conocida, el denominado Consejo Nacional Sirio (SNC). Establecido en octubre de 2011 en Estambul tras varios intentos fallidos, a sus cuadros de mando pertenecía el hombre que me puso en contacto con Ahmad Sharar en Damasco aquel invierno de 2012. Miembro de la franquicia siria de los Hermanos Musulmanes, representaba el prototipo de activista en el exilio: un intelectual obligado a abandonar un país que no ha vuelto a pisar en más de veinte años en el extranjero. “El problema del SNC fue que se lanzó a la arena internacional sin crear antes una base operativa en el interior. Creyó que con lograr el respaldo internacional sería suficiente para derrotar al régimen y su ansia por ese reconocimiento le fue alejando de la realidad sobre el terreno“, explica el activista afincado en el Líbano. Un anhelo “que ha impedido la consolidación de las iniciativas de los grupos locales“, precisa por su parte el investigador Yezid Sayigh.

Dos circunstancias más han trabado su camino: la descompensación de sus órganos de gestión, dominados por la hermandad islamista, y su fracaso a la hora de incorporar otras opiniones y de controlar a las heterogéneas milicias armadas, ahora peligrosamente atomizadas. Al contrario que sus colegas egipcios, el andamiaje local de la franquicia siria era muy endeble cuando estalló la revuelta. Diezmados en la citada masacre de Hama, la mayoría de sus líderes vivian y envejecían al otro lado de la frontera nacional, al margen de una nueva generación cultivada en casa durante aquella primavera damascena, y que ahora pide paso convencida de que quizá sea una oportunidad dorada pero postrema. “El islam sigue siendo la solución” reflexionaba Sahrar bajo las bóvedas aquella tarde de enero de 2012. “Un islam adaptado a los retos del futuro“, subrayaba antes de admitir que los años de represión del régimen no les habían permitido penetrar en la sociedad con la misma profundidad y efectividad que los Hermanos Musulmanes egipcios.

Un nuevo camino, las mismas piedras

El fracaso de la estratagema del SNC, observada con recelo tanto por sus compañeros de lucha como por la comunidad internacional -esta última reticente a entregarle la legitimidad absoluta que demandaba y los fondos que exigía para guiar la revuelta-, comenzó a ser evidente en marzo de 2012, escasos dos meses después de que me despidiera de Ahmad Sahrar en el atrio de la cuarta mezquita más importante del Islam. Su incapacidad para administrar las áreas liberadas y su ineficacia a la hora de repartir la ayuda humanitaria había socavado el escaso crédito que aún le restaba entre una población exhausta tras un año de guerra y feroz represión. La falta de un proyecto político diáfano, sumada a su tenaz resistencia a incluir al régimen en la solución -como ya propuso el primer mediador internacional, Kofi Annan- y a formar un gobierno provisional que coordinara los diversos esfuerzos antes de la eventual caída de la estirpe Al Asad, causó una encisura que meses antes ya parecía inevitable.

En el primer aniversario de las protestas, el SNC había perdido casi una tercera parte de sus 270 miembros, la mayoría de ellos críticos con la actitud monopolizadora e inflexible de los Hermanos Musulmanes. Líderes influyentes como el veterano promotor de los derechos Humanos, Haytham al-Maleh, abandonaron la plataforma para crear una nueva formación, el Grupo Patriótico Sirio, al tiempo que las brigadas yihadistas, muchas de ellas financiadas en el golfo, ganaban posiciones en las áreas de combate. La grieta política se producía, además, escasos cinco días antes de la primera reunión del Grupo de Amigos del Pueblo Sirio, una alianza integrada por países como Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Turquía o Arabia Saudí que se reúne de forma periódica al margen de los organismos internacionales y sin la presencia de los otros grandes actores externos del drama sirio: Rusia e Irán con el silencio siempre cómplice de China, y comenzaba a evidenciar que el fuelle que aún sostenía al régimen procedía de la debilidad de quien quería arrogarse en los conciábulos internacionales el título de único representante del pueblo sirio.

La batalla de las ciudades

Iniciado el  verano de 2012, una noticia rasgó la monótona sucesión de partes de bajas en la que se habían convertido los teletipos sobre el conflicto sirio. Dos organizaciones armadas yihadistas, financiadas por asociaciones caritativas salafíes y enamadas de ideologías wahabíes, anunciaron que en apenas unos días iniciarían “el asalto final a Alepo”. Jabhat al-Nusra y Tawhid Brigade revelaban que sus hombres habían comenzado a tomar posiciones en el extrarradio de la ciudad y en los barrios liberados, pese a la oposición del Ejército Libre Sirio (FSA, en sus siglas en ingles) y en particular del comandante rebelde en Alepo, general Abdul Jabbar al-Aqidi. La división se hacía así evidente también en el campo de batalla.

El FSA había sido creado un año antes por el coronel Riad al-Assad, quien desertó con un grupo de hombres y se sumó a las filas de la entonces incipiente oposición. Formado por un puñado de oficiales disidentes, varios miles de soldados huidos y una moraga cada vez más numerosa de entusiastas voluntarios llegados desde el exterior,  lidera desde entonces la lucha armada, pese a las escinsiones y la competencia, a veces incluso desleal, de los grupos yihadistas. Armado por Arabia Saudí y financiado por Qatar, se considera afín a la oposición en el exilio aunque ni el SNC ni la plataforma que le sucedió tras la firma del Pacto Nacional han logrado atajar su independencia. Burhan Ghalioun, primer presidente del SNC, lo intentó a través de la creación de una oficina de coordinación entre el liderazgo político y la junta militar. Muhammad Farouk Tayfour, miembro destacado de los Hermanos Musulmanes, volvió a intentarlo el pasado septiembre, igualmente sin éxito, apremiado por el grupo de Amigos del Pueblo Sirio, que lo consideran una condicion inexcusable. Su idea de formar un “Comando Militar Conjunto de los Consejos Militares Revolucionarios” ha logrado avances en los últimos meses, pero se ha visto frenado por la negativa a sentarse en su mesa del citado Al-Aqidi y de su colega en el frente de Homs, general Qassim Saad Eddin. “La batalla de Alepo fue un error monumental“, explica Mohamad H. R., un periodista sirio asentado en España. “Dejó en evidencia la debilidad del FSA y el poder fánatico de los yihadistas, algunos vinculados ideológicamente con Al Qaeda. Y supuso un alivio para el régimen, que superó el embate y ganó tiempo“, explica. “El pulso político por el liderazgo de la revolución ha fomentado la balcanización de la lucha armada, impidiendo la formación de un frente común y favoreciendo la infiltración de grupos radicales que han sembrado la desconfianza hacia la oposición entre la población“, agrega. “Mientras este problema no se solucione, no se podrá avanzar hacia la victoria“, concluye.

El error se repitió meses después. En esta ocasión fue el grupo yihadista “Ahrar al-Shams” el que se lanzó a una operación extremadamente cruenta y casi suicida para tratar de conquistar la capital. La fallida aventura solo sirvió para teñir con más sangre las calles de la capital y fortalecer la estrategia de defensa del régimen, que se dice a la defensiva frente a lo que denomina organizaciones terroristas. “El gobierno sabe que toda batalla y desplazamiento de poblacion mina la influencia de la oposición que, carente de una estructura fluida, se topa con dificultades para atender y enviar la ayuda prometida a la población“, explica el periodista. Mejor organizados y más presentes en el terreno, facilita también la labor misionera de la teleraña salafí, que comienza a arraigarse en algunas poblaciones del norte y el este del país. El mejor ejemplo es la localidad de Deir Ezzor, donde la llamada “Autoridad Religiosa para la Región Este de Siria” gestiona y administra los asuntos locales de menera prácticamente independiente.

El resultado es un debilitamiento en la confianza de la comunidad internacional, que duda de la capacidad operativa de la nueva Coalición Nacional. De los cientos de millones de euros comprometidos en ayuda humanitaria por países como EEUU, el Reino Unido, Arabia Saudí, Turquía o Qatar, “la mayor parte ha sido entregado a la ONU” y sus agencias, recuerda Yezid Sayigh.  Igualmente ocurre con los fondos destinados a la compra de armas o a la formación de un gobierno de transición, actual caballo de batalla de una crisis con propensión al enquiste.

El nudo gordiano

Presionada desde el exterior, en particular por Turquía y Qatar, y amenazada de colapso, la todavía divergente oposicion siria abrió una nuevo pasillo de acción común en octubre de 2012. Reunidos en Doha, figuras religiosas como Muaz al-Khatib, antiguo Iman de la mezquita de los Omeyas, y laicos, como Suheir al-Atassi, conocida activista de los derechos humanos, fundaron la denominada Coalición Nacional Siria de Fuerzas Opositoras y Revolucionarias, el enésimo intento por forjar un frente único de lucha política y armada en el que aunar las diferentes voluntades y arrinconar ambiciones dispares. Respaldada, en principio, por una comunidad internacional necesitada de un interlocutor fiable, en marzo de 2013 -y gracias, sobre todo a Arabia Saudí y a la creciente influencia de Qatar (y su dinero) en los asuntos regionales- asumió el puesto de Siria en la Liga Árabe, pese a que las diferencias eran aún evidentes. Incomodamente sentados, Al-Khatib, entonces dimisionario presidente de la Coalición Nacional, y Ghassan Hitto, recién nombrado jefe del futuro Gobierno provisional, trataban de dar una imagen de unidad que ocultara las discrepancias y aventara las suspicacias aparecidas tras apenas seis meses de vida. “Las posturas se han acercado, debemos reconocerlo, pero las raíces del conflicto aún permanecen casi inalteradas. Nadie ha conseguido aún reducir la desconfianza que existe entre todos los grupos“, explica el periodista.

En realidad, la Coalición Nacional ya había nacido condicionada, incapaz de arrinconar las discrepancias que erosionan a la oposición desde que en marzo de 2011 arrancaran las protestas y que se han acentuado en los últimos meses por la también errática (y competitiva) actividad de los gobiernos extranjeros. En junio de 2012, y tras una reunión en Ginebra, el grupo de Amigos del Pueblo Sirio emitió un comunicado, respaldado después por Rusia y China, en el que se instaba a dialogar con el régimen y a consensuar un gobierno de transición que condujera a una solución definitiva de la crisis. La nota abogaba por la inclusión de miembros del régimen que no hubieran cometido delitos de sangre, y que no estuvieran salpicados por la corrupción crónica, pero evitaba mencionar uno de los asuntos más polémicos: el futuro de Bachar al-Asad y su estirpe. Días después, durante una reunión en El Cairo, la oposición aceptó esta nueva vía, que incluía la formación de un gobierno y de un Parlamento que gestionaría los “asuntos nacionales” hasta la caída del dictador. Una vez consumada ésta, ambas instituciones se disolverían y convocarían una conferencia nacional que sería la que elegiría un nuevo gabinete hasta la celebración de elecciones.

La iniciativa se topó enseguida con la ferrea oposición del SNC, temeroso de perder la influencia y el protagonismo adquirido como principal representante del pueblo sirio en el exterior. Los Hermanos Musulmanes y sus aliados preferían un gobierno provisional, de caracter puramente gestor, dedicado a administrar las zonas liberadas, sin participación del antiguo régimen y desvinculado de la vía política. La presión de Qatar, Turquía y en menor medida de Francia consiguió, sin embargo, que el 7 de octubre de 2012, cuatro días antes de la creación de la nueva Coalición Nacional, el SNC cambiara de estratagema y decidiera incorporarse a la nueva iniciativa. Para esa fecha, ya había conseguido forzar un nuevo acuerdo con su antiguo socio, el Bloque Nacional, para volver a ser la fuerza dominante. Aunque aceptó, en principio, la formación de un gobierno de transición, exigió varias condiciones que le fueron parcialmente concedidas: reconocimiento internacional para ese gobierno incluso antes de ser formado, los asientos de Siria en la Liga Árabe y la ONU y la gestión de los multimillonarios fondos de ayuda prometidos: 145 millones de dólares de los cerca de 3.000 que según Al-Khatib se necesitarían para llevar a buen término la revolución. De ellos, 500 millones serían solo para la formación de ese ente ejecutivo, según el presidente del SNC, George Sabra.

En marzo de 2013, la ascendencia del SNC en la nueva organización era ya evidente. Con el apoyo del Bloque Nacional, impuso la elección de Ghassan Hitto como primer ministro provisional, arrinconando la opción de un ejecutivo de transición que todavía defienden Al-Kahtib y una minoria de miembros. La designación supuso una nueva fractura, la enésima. En protesta por la actitud de los islamistas y sus aliados, una docena de miembros de la nueva Asamblea General abandonaron la Coalición Nacional y se integraron en un grupo de más de medio centenar de intelectuales y politicos que exigen una plataforma más equilibrada en la que tengan mayor cabida grupos minoritarios y asociaciones que trabajan en el terreno. Críticos con la supremacia del SNC y el Bloque Nacional -entre ambos sumaban 35 de los 49 miembros de la Asamblea que eligió a Hitto- exigen la inclusión de otros 25 para reflejar mejor las diversas tendencias, demanda que aún no ha sido escuchada. “El reconocimiento es un importante logro diplomático. Pero será efímero si la Coalición Nacional y su gobierno provisional no puede poner en práctica rápidamente una administración eficaz, servicios básicos y seguridad en las áreas liberadas”, donde “hace frente a la anarquía armada en muchas zonas, a la fragmentación de los consejos civiles y los grupos rebeldes, al constante incremento del número de refugiados y desplazados, y a la competencia de las alianzas islamistas rebeldes, que son más coherentes y cada vez más activas a la hora de establecer gobiernos locales”, advierte Sayigh. Una imagen que aún dista de aquel sueño que una plomiza tarde de invierno Sharar narró a un extraño junto a una de las pretendidas tumbas de Juan el Bautista. FIN

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